martes, 28 de agosto de 2012

Transrrauláica 2012 Día 5 Del Refugio de Viadós al Puente de San Jaime

Tras una noche sorprendentemente plácida para lo que veníamos temiendo (benditos tapones, accesorio número 1 del montañero con sueño difícil) nos levantamos y bajamos a desayunar al comedor, otra vez con nuestros amigos de Cabra y los madrileños. Croissant para arriba, magdalena para abajo, zumito de bote y colacao nos bastaron para coger algo de fuerzas y comenzar la quinta etapa, que nos dejaría a través del collado de Estós en el valle de Benasque. A priori un día no muy complicado que, por casualidades de la vida, se me hizo eterno.

Valle de Chistau
Nos despedimos de nuestros efímeros compañeros y enfilamos el solitario y precioso valle, siempre bajo el majestuoso Posets, al que rodearíamos por el Norte. El camino discurría unos cientos de metros por encima del cauce del arroyo, entre prados verdes y cimas rocosas. El sol, huidizo en estas primeras horas, jugando al escondite detrás de la montaña, no molestaba de momento y nos permitía caminar a buen ritmo por un terreno que subía cómodamente buscando el por ahora invisible collado.

El arroyo discurre encajonado por debajo de la senda
Cuando acumulábamos hora y pico de marcha, el sol empezó a golpearnos y la pendiente a crecer y, como no hay dos sin tres, algo en mi tripa decidió que no le molaba donde estaba y comenzó a causar problemas. Concentrado como estaba en otras partes de mi cuerpo, metí el pie entero hasta más arriba de la bota en un charco de barro asqueroso, culminando cinco minutos de escándalo. El consecuente cabreo inútil no sirvió para nada y tuve que subir montaña arriba bajo la amenaza de más barro.

Subsanado el problema de la tripa, reemprendimos la marcha cuesta arriba ya con el collado de Estós en nuestro punto de mira. Sin embargo iba muy flojo de fuerzas, algo me había sentado mal y la subida me costaba una barbaridad. Bebí agua con sales y pastillas potabilizadoras y poco a poco fui ganando metros, apoyado por el incansable Antoñito. Tras numerosas paradas conseguí llegar al collado, agotado y desanimado, pero siendo consciente de que sin duda había superado la parte más dura de la etapa. A partir de ahora, bajada hasta el valle.

Valle de Estós desde el collado
El comienzo del descenso tenía una fuerte pendiente y el paisaje era rocoso y adusto, con pocos tramos para el disfrute del entorno. Recuperándome por momentos, aceleramos el ritmo por la senda que serpenteaba hasta alcanzar el nacimiento de un arroyo, embrión del rio Estós. Cuando el agua ya corría clara rellenamos nuestras cantimploras y nos acercamos a una preciosa cascada que se intuía en la margen izquierda. Con mucha energía y ayudados por el verdor del valle pusimos la quinta marcha y, ya sin parar llegamos hasta el refugio de Estós, enclavado en la ladera izquierda del valle del mismo nombre.

Gayer y cascada / Cascada y gayer
Como ya no nos quedaba mucho camino por recorrer y aún no habíamos probado bocado nos lo tomamos con mucha calma y, unos con una cerveza y otros con un aquarius, nos encalomamos un bocadillo de queso manchego cojonudo, aprovechando el pan de hogaza que nos habían vendido en el refugio de Viadós. Las instalaciones comunes del refugio estaban bien, al menos el comedor y una fantástica terraza al sol en la que disfrutamos nuestra comida. Más tarde hablaríamos con unos chicos que se quejaron de la cena y las habitaciones del refugio pero nosotros no los llegamos a catar. Dejamos pasar casi una horita tostándonos al solecito y recuperando las fuerzas perdidas.

Vista del macizo del Posets desde el refugio de Estós
El valle de Estós es precioso, verde y lleno de vida y agua, y la caminata hasta el refugio desde el parking merece mucho la pena y es apta para todos los públicos. El camino está bien acondicionado, es entretenido y durante mucho tiempo discurre a la sombra de grandes árboles. Con este panorama bajamos disfrutando de cada paso, desviándonos a una gran cascada a mitad de camino, evitando un grupo de caballos e incluso recogiendo objetos perdidos por el camino. Sólo al final la senda muta en pista asfaltada, ya a la vera de una pequeño embalse y el camino se hace más tedioso, coincidiendo además con un mayor cansancio.

Llegamos por fin al valle de Benasque, donde transcurrirían las dos últimas etapas. El camping Ixeia parecía abandonado, así que seguimos unos metros más hasta llegar al Camping Aneto, donde nos registramos y montamos la tienda en una zona de césped un poco ramplón. Para nuestra alegría (más bien la mía), el camping contaba con lavadoras que me permitieron no garrapiñar calcetines usados ni camisetas en los dos últimos días y un completo bar donde nada más llegar nos tomamos un helado que nos sentó de vicio.

Descansamos un buen rato mientras la ropa se lavaba y, justo cuando acababa la secadora una preciosa jaqueca me atacó con todo su cariño. El resto de la tarde noche no pude aprovecharla mucho pero si nos dio para comprar algo de comida para el día siguiente y cenarnos un buen plato combinado al fresquito de la tarde-noche. Con bastantes dudas acerca de si podría culminar la ruta en el Aneto debido a la debilidad del día y a la jaqueca que tenía encima me metí en la tienda rezando para descansar bien y poder disfrutar al día siguiente.
 
Datos Prácticos
Tiempo empleado: 7 horas más o menos con descansos

Desnivel: +850 m

Dificultad: Fácil, únicamente superar el desnivel positivo.

Alojamiento: Camping Aneto. Bien, muy completo, con bar/restaurante, lavadoras, baños limpios.... Agua: Al principio hay algún arroyo pero luego, desde antes del collado hasta ue desciendes un buen rato es bastante seco. En el refugio de Estós puedes comprar bebidas y repostar agua.
 

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