jueves, 28 de septiembre de 2017

Sri Lanka, la puerta del Sur de Asia - Día 4 - Polonnaruwa

Viernes 4 de Junio de 2015


Nuestro día empezaba en Polonnaruwa, otra de las antiguas capitales de la isla donde alquilaríamos unas bicis y empezaríamos a recorrer el conjunto de ruinas pedaleando.

El calor seguía siendo muy intenso, pero con el airecillo de la bici se pasaba mucho mejor. He de decir que si hablamos de ruinas, ésta nos pareció claramente la mejor visita de Sri Lanka. Aquí se pueden encontrar todo tipo de restos antiguos de civilizaciones perdidas: templos, pagodas, esculturas gigantes todas cerca una de las otras, bien conservadas y mantenidas y agradables de visitar. Para mi es una parada imprescindible en la visita a este país.

Tras la destrucción y abandono de Anuradhapura allá por el siglo XI, la capital del reino cingalés se trasladó a Polonnaruwa hasta el siglo XIV, una vez que los invasores Chola fueron rechazados por el rey Vijayabahu I, quien también fundó la ciudad.


Mapa de la ciudad antigua de Polonnaruwa

Comenzamos por el museo arqueológico, que contiene una buena introducción a las culturas antiguas de la isla y a los tiempos en los que el hinduismo aún era la religión mayoritaria de la isla. Se puede aprender bastante de los templos hindúes y hay una bonita colección de objetos antiguos.

Palacio Real

Gal Vihara

Tras alquilar las bicicletas comenzamos nuestro tour por las ruinas. No hay ningún tipo de subida y el firme está en buen estado, así que vale cualquier tipo de bici, incluso unas de paseo como las que nos dieron a nosotros.

Gal Vihara

Hay restos de todo tipo y en diferente estado de conservación, edificios palaciegos semiderruidos como el Palacio Real, pagodas inmensas muy bien conservadas como la Kiri Vehera o Pabalu Vehera, complejos templos en buen estado de conservación como el Vatadage (dentro del llamado Sacred Quadrangle) o el hinduista Siva Devale, gigantes estatuas de Buda esculpidas en roca en Gal Vihara...en definitiva, una visita muy agradable donde apreciar las civilizaciones antiguas de la isla.

Templo de Vatadage (Golden Quadrangle)

Detalle del templo de Vatadage

Templo hinduista de Siva Devale

Estupa de Rankot Vehera

El responsable de muchos de los restos que hoy se pueden ver en la zona fue el rey Parakramabahu I, el cual además de edificios palaciegos y templos se dedicó a una frenética construcción de estanques de riego y canales para que no se desperdiciara ni una gota de agua que cayera del cielo. Es curiosa la abundancia de inmensos estanques de agua dulce por toda la llanura central de la isla. Parece ser que en la zona seca de la isla la precipitación que cae a lo largo del año no es suficiente para sustentar el cultivo del arroz, asi que desde épocas bien tempranas la construcción de gigantescos estanques o embalses conectados a canales y ríos fue el pasatiempo favorito de los gobernantes ceilaneses. Se pueden ver por toda la llanura central del pais.

Una vez acabado la etapa ciclista y con unas nubes muy negras amenazando lo que quedaba de tarde, nos dirigimos hacia el parque nacional de Minneriya a hacer un safari para ver los famosos elefantes de Sri Lanka.

Elefantes salvajes en el PN de Minneriya

El día anterior habíamos pasado por delante de un sitio donde ofrecían excursiones a lomos de los propios elefantes, pero el pobre animal estaba encadenado y con cara de triste, y la idea de montarnos encima de él no nos sedujo mucho. Por contra, aquí pueden verse los animales en libertad, eso si, a costa de pagar una buena entrada para acceder al parque. El jeep se interna en el parque por una pista en medio de un tupido bosque, y poco tiempo después  ya vimos los primeros elefantes, bastante cerca de la carretera asi como algún ciervo y cientos de pájaros.
Pero no tuvimos mucha suerte, porque empezó a llover y ante la lluvia los elefantes se internan más y más en el bosque, y es difícil ver las grandes manadas que en días claros se reúnen a la orilla del lago. Aún así, disfrutamos del bosque avanzando hasta llegar a la orilla del estanque donde el paisaje, con las aguas tranquilas rodeadas de selva por todos lados era grandioso. La caída de la tarde, con los pájaros surcando el aire es un espectáculo maravilloso en el interior de Sri Lanka. 

Huyendo de la oscuridad y de la lluvia tropical volvimos al hotel, donde descansamos hasta el día siguiente.


Atardecer en el PN de Minneriya

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Sri Lanka, la puerta del Sur de Asia - Día 3 - Mihintale y Sigiriya

Jueves 3 de Junio de 2015


Nos levantamos con algo más de calma, aunque la deslumbrante luz tropical inundaba la habitación desde las seis de la mañana. Nos dimos un baño en la piscina (solos, of course) y pedimos un desayuno ligero de fruta y tostadas. Nos encanta probar la comida local, pero con el desayuno somos muy occidentales; ya nos pasó en Japón y también aquí, tras un día de prueba volvemos al típico desayuno europeo. 

Sugat nos estaba esperando pacientemente en la puerta y tras descartar volver a Anuradhapura ya que el festival seguía, aceptó llevarnos al primer destino que teníamos planeado: Mihintale.
Este conjunto de templos se encuentra en las cercanías de Anuradhapura, a unos 8 km, y se erige en el lugar exacto donde  la leyenda dice que allá por el siglo III a.C el antiguo rey de Ceilan Devanampiya Tissa se encontró con Mahinda, un hijo del emperador de la India Ashoka y que se encontraba de viaje como monje budista. Este encuentro entre ambos supuso la conversión del rey y el momento en el que el budismo pasó a ser la religion "oficial" de la isla (o al menos de la mayoría de la población).

Roca de Mihintale

Mihintale

El lugar consta de una explanada a la que se accede tras subir unos 1800 escalones, bajo la atenta mirada de muchos monos. Alrededor de la explanada se yerguen varias colinas, cuyas cimas se encuentran coronadas por diversos monumentos: la roca sagrada a donde llegó el monje Mahinda, una gran pagoda blance y una estatua de Buda.

Era el segundo día de festival religioso, asi que la marea blanca también inundaba Mihintale, aunque en menor medida que el día anterior. Sugat nos dejó a pie de colina y subimos andando entre la multitud, que nos miraba extrañada. Todo el mundo se descalzaba y dejaba sus sandalias a pie del monte y nosotros hicimos lo mismo, pero metimos nuestro calzado en la mochila. Antes de subir se nos acercó una mujer, que dijo pertenecer a una asociación de prensa y nos alertó de que la mayoría de los peregrinos eran de zonas rurales, no acostumbrados a la presencia de turistas y que tuviéramos mucho cuidado. He de decir que en ningún momento vimos ningún tipo de peligro, la gente te mira extrañada, pero es amable, sonriente y educada. Nos sorprendió la advertencia de la mujer, la verdad.

Estupa blanca de Mihintale

Subimos la larga escalinata con cuidado de no pisar a nadie y llegamos a la explanada principal. Allí hay una estatua del rey Devanampiya Tissa iluminado junto a un árbol bodhi. 

Desde allí subimos a la estatua blanca de Buda y a la pagoda, desde donde se contemplaba un impresionante escenario de la llanura central del país, cubierta por un denso bosque y con las inmensas pagodas de Anuradhapura en la lejanía. La vista era increíble, pero no sería nada comparada con la que contemplaríamos más adelante en el día.

Vistas desde arriba

Rodeamos la pagoda haciendo fotos a los lugareños que nos lo pedían, que se miraban después en la pantalla de la cámara divertidos. En la bajada hacia el coche los monos acechaban a la vera del camino, atentos para comer algún fruto seco o resto que se le cayera a alguien.
A mano derecha nos desviamos hacia las ruinas de la estupa Kantaka Cetiya, del siglo I a.C. Semioculta entre la maleza, pudimos disfrutar de algún momento de calma, aislados un poco de los peregrinos.

Kantaka Cetiya


De nuevo con Sugat le pedimos que nos llevara directamente al siguiente punto de interés: Sigiriya, la roca del león.
Tras un largo viaje en coche (disfrutando del aire acondicionado, no lo vamos a negar) empezamos a ver más agitación turística, con más negocios de tours y souvenirs, y es que nos acercábamos al que probablemente sea el punto más turístico del país. Comenzamos la visita pagando la cara entrada, como en todas las atracciones turísticas de Sri Lanka. Bajo un sol inmisericorde y un terrible calor visitamos los jardines repletos de ruinas al pie de la gran roca hasta llegar al comienzo mismo de las escaleras.
Nos encontramos con mucho turismo local y tuvimos que ir casi en fila de uno subiendo lentamente. En el camino de subida nos hicieron pasar por una galería de pinturas o grabados con poco o nulo interés, en la que no corría el aire y el calor era completamente agobiante. Tras salvar el primer tramo de escaleras se llega hasta la pezuña del león, una impresionante escultura en la roca que precede el ultimo nivel de peldaños.

Pezuña del Leon

Allí cogimos aire y volvimos de nuevo para arriba, sudando copiosamente. El complejo palaciego de Sigiriya data del siglo V d.C, y fue mandado construir por el rey Kasyapa. En la cima, una vez subidos los 370 metros de escaleras el aire corría mucho más y se estaba mucho más cómodo.
La vista es grandiosa. Un interminable jardín del edén se extiende en todas direcciones. El verde lo inunda todo y tanto el llano como las montañas circundantes son un vergel donde el suelo se oculta bajo las copas de los frondosos arboles. Nos quedamos un buen rato admirando el paisaje, que lo merece.


Maravillosa vista


Ruinas del templo-fortaleza

Esta parte de la isla es muy plana, con colinas y rocas aisladas que saltean el paisaje. En lo alto de la roca, las ruinas del palacio o templo que fue abandonado mucho tiempo atrás. Es fácil comprender porqué se eligió esta localización, y es que la vista se prolonga en todas direcciones hasta el infinito. Volvimos a bajar, ya aliviados del tremendo calor y descendimos del todo perdiéndonos entre los jardines de roca y verde, alejándonos de la multitud hasta alcanzar la entrada de nuevo.

Ese día teníamos un muy buen hotel reservado, regalo de unos amigos y decidimos que ya estaba bien de morir de calor. El Heritance Kandalama es un hotelazo, con una arquitectura muy particular que se funde con la selva y el lago y que por dentro es todo comodidad y lujo. Pasamos la tarde-noche en la terraza descansando y leyendo, admirando las vistas sobre el estanque y el bosque y con el sol poniéndose tras las colinas.

Heritance Kandalama, hotelaco



martes, 26 de septiembre de 2017

Sri Lanka, la puerta del Sur de Asia - Día 2 Anuradhapura

Miércoles 2 de Junio de 2015


Había muchas cosas que ver así que nos levantamos temprano, ayudados por el sol, que en aquellas latitudes brilla desde muy pronto. El desayuno, sin embargo nos retrasó. Otra sucesión de platos interminable nos aguardaba. Había de todo, comida típica del país, fruta, cereales, tostadas, sin duda mucho mas de lo que podíamos comer, y más tras la pantagruélica cena del día anterior. A la mitad del desayuno nos disculpamos como pudimos y nos fuimos. Me faltó decir que tanto en la cena del día anterior como en el desayuno el inmenso comedor estaba completamente vacío, sin rastro de huéspedes. Cuanto menos un hotel misterioso. 

Sugat nos estaba esperando en la puerta. Ya nos había avisado el día anterior de que no era un buen día para visitar Anuradhapura, ya que se celebraba el festival Poya y la ciudad estaría invadida por peregrinos. En ese momento no nos pareció un gran problema, pensamos que todo estaría con más ambiente y podríamos ver un auténtico festival budista. Nos imaginábamos un Santiago de Compostela con peregrinos, o a lo sumo una Roma. Craso error. A una gran distancia del centro, la multitud vestida de blanco ya colapsaba todo, inundando calzadas, caminos y cualquier superficie, haciendo casi imposible la circulación.
Además, Sugat no parecía comprendernos del todo bien. Nosotros somos muy andarines y no nos importa meternos en cualquier lado, caminar entre los locales, perdernos si hace falta, ensuciarnos, preguntar o cualquier cosa. Habíamos elegido contratar un conductor porque nuestro tiempo en el país era limitado y queríamos ahorrar tiempo en traslados, pero creo que Sugat no estaba acostumbrado a este tipo de viajeros, y mostraba muchos reparos en dejarnos en sitios que no estuvieran a pie de monumentos o en dejarnos libres por ahí. Nos hicieron falta un par de intentos hasta dejarle claro que queríamos mas un transporte entre ciudades que un guía que nos llevara de la mano. 

Plano de Anuradhapura

Ante la imposibilidad de acceder al centro de la ciudad, Sugat nos dejó en un templo más a las afueras, el de Isurumuniya. Situado a la orilla de un gran lago o estanque de irrigación, este antiquísimo templo del siglo IV antes de Cristo atesora una tallas en roca de unos amantes y de unos elefantes albergadas en un museo anexo. Unas escaleras dan acceso a una roca desde donde se ve una buena vista del lago y una pequeña estupa blanca pone la guinda al conjunto. Nos sirvió como introducción a los templos budistas ceilaneses y para mezclarnos por primera vez con los locales. Sin exagerar afirmo que eramos los únicos occidentales, y Eva era como un extraterrestre para ellos. La gente se nos quedaba mirando y sonreía, eso si, con una exquisita educación. Entre aglomeraciones subimos a la roca y a la estupa y volvimos de nuevo con Sugat, que nos esperaba paciente junto al coche.

Templo de Isurumuniya

Pagoda del templo de Isurumuniya

Nos vino a decir que era mejor renunciar a la visita, que el resto del día sería infinitamente peor ya que teníamos que ir al centro y que no veía posibilidad de acercarse a los monumentos. Le aclaramos que no habíamos ido hasta allí para estar en el hotel y que nos dejara donde pudiera, que ya nos acercaríamos nosotros andando. Así pues nos sumergimos en el hormiguero humano que era Anuradhapura ese día y tras un monumental atasco Sugat consiguió aparcar en una especie de área habilitada. Y nosotros nos dispusimos a mezclarnos con los peregrinos y ver aunque fueses algo de la ciudad.
Estábamos cerca de la inmensa estupa blanca de Ruwanwelisaya, visible desde casi toda la ciudad, y hacia ella nos dirigimos inmersos en el río de túnicas blancas. El gentío se dispersó un poco al llegar a la refulgente construcción y pudimos apreciar la cenefa de elefantes que bordeaba toda la estupa y el fulgor blanco que relumbraba a los rayos del sol. Esta estupa fue construida en el siglo II antes de Cristo y en su momento fue uno de las construcciones más altas del mundo. Tras un largo periodo de olvido y cuasi ruina, fue restaurada a comienzos del siglo XX y hoy vuelve a mostrar su antiguo esplendor.

Estupa blanca de Ruwanseliya

Estupa blanca de Ruwanseliya

Siguiendo a la gente llegamos al punto que atraía a los peregrinos: el árbol Bodhi. Tras la iluminación de Buda en la India, los diversos peregrinos que acudían al árbol donde se alcanzó la iluminación iban cogiendo esquejes y los plantaban en sus lugares de origen. De aquel primitivo esqueje creció un árbol que hoy se yergue elegante en la ciudad santa de Anuradhapura.
Riadas de peregrinos intentaban llegar hasta él bajo un inclemente sol. Y nosotros con ellos. El árbol no es mas que eso, un árbol, y le dimos una vuelta y volvimos por un camino algo menos transitado hacia el punto acordado con Sugat.

El sagrado árbol Bodhi
Pero nos perdimos, y acabamos dando una vuelta enorme a pleno sol por la ciudad, viendo como los niños se bañaban en las acequias, las familias comían tiradas a la sombra y los monos aprovechaban cualquier situación para garrapiñar algo de comida. 


Peregrinos

Tras bordear un gran lago con vistas a la gran estupa de Abayagiri por fin llegamos al coche, donde vista la imposibilidad de avanzar más con el coche, aceptamos la propuesta de Sugat de visitar otras cosas en las afueras. Nos dejó cerca de un conjunto rocoso a las afueras de la ciudad. No recuerdo el nombre ni recuerdo que fueran especialmente interesantes pero al menos a la sombra de los arboles la temperatura bajaba un poco y el calor no era tan asfixiante. Sin embargo, tomamos la decisión de volver al hotel y aprovechar un poco la estupenda piscina que probablemente tendríamos para nosotros solos. Efectivamente así fue y pasamos lo que quedaba de tarde tomando el sol y bañándonos en una piscina que parecía sacada de una peli de Indiana Jones, que también habíamos ido a disfrutar.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Sri Lanka, la puerta del Sur de Asia - Día 1 Introducción y llegada

Martes 1 de Junio de 2015

(Recupero y amplío un poco las notas de un viaje que hicimos hace ya un par de años. Fue un tanto especial ya que fue nuestro viaje de novios. Aún así, fue un viaje como otro cualquiera al menos en sus primeros diez dias, organizado por nosotros desde Madrid y planificado como un viaje normal, o como lo que nosotros consideramos un viaje normal. La única diferencia fue que los hoteles fueron un poco mejores de lo habitual


El nombre del diario, la puerta del sur de Asia, fue algo que pensé durante nuestros días allí. Este relativamente pequeño país aúna varias características que comparte con los paises más grandes de su entorno. Por ejemplo el budismo, presente en toda Indochina, pero también el hinduismo originario de su hermano mayor, la India. El clima tropical, los bosques, la fauna y los arrozales también son comunes con otros muchos paises de la zona, asi como la comida. Creemos que conforma una visita ideal para quien no tiene mucho tiempo o no se atreva con paises más grandes).



Nada más aterrizar en el aeropuerto de Colombo, el calor nos golpeó como solo te golpea en el trópico. Es tan diferente el clima en estas latitudes al de Europa que uno nunca acaba de acostumbrarse y se pregunta si alguna vez llegaría a hacerlo con esa humedad que te hace estar empapado todo el día. 

En el control de pasaportes nos hicieron pagar de nuevo por uno de los visados, aduciendo que la fecha de nacimiento que habíamos añadido por internet no era la correcta. Nos sonó a corruptela y timo, pero acabábamos de llegar y no queríamos montar lió por unos 20€ y menos en nuestro viaje de novios.

Habíamos contactado con un conductor para que nos llevara de un lado a otro de la isla. Conducir por allí no nos pareció muy recomendable debido al intenso y caótico tráfico y el transporte público no me dio la impresión de estar muy desarrollado. Sugat (que así se llamaba nuestro conductor) nos estaba esperando amablemente en la zona de llegadas y nos acompaño al coche, bastante moderno para los estándares del país. La luz y la vegetación tropical son visibles ya desde el primer minuto, creando ese ambiente especial que al menos a mi me hace pensar en los primeros occidentales que se dejaron caer por aquí y en la época de las colonias.

En el trayecto hacia Anuradhapura, pudimos ir viendo dos cosas: Una: que el país tiene mucha densidad de población, al menos en esta zona. Durante muchos kilómetros la ciudad no cesa, se extiende a un lado y otro de la carretera y no te deja ver nada de campo. Dos: el trafico. Joder. Tuk tuks, camiones, coches, bicis, motillos, todo a la vez, sin reglas, sin intermitentes, con mucho claxon, con gritos y gestos, siempre a tope.

Poco a poco nos fuimos alejando más de la costa oeste del país, la mas avanzada y poblada y nos internábamos en el boscoso centro y hacia las llanuras centrales, germen de la cultura ceilanesa. Sin embargo paulatinamente la noche avanzaba y no pudimos apreciar la frondosidad del bosque que si veríamos los días siguientes. 

A Sugat le costó encontrar nuestro hotel, y con razón. Es un sitio extraño, inmenso, monumental, supusimos que construido gracias a una gran inversión (entiendo que gubernamental). Se esconde en el bosque, con los edificios de las habitaciones comunicados con pasarelas que se elevan varios metros sobre el suelo de la jungla. El sitio esta literalmente en la selva y decenas de esculturas imitando un templo antiguo pueblan las instalaciones. Sin embargo, estaba vacío. Completamente vacío. Daba cierta sensación de abandono pero si lograbas abstraerte el sitio era majestuoso. Dejamos las cosas en la inmensa habitación y fuimos a cenar al restaurante.

Decoración del hotel

En una magnífica terraza en mitad de la jungla nos tomamos el primer curry srilankes, que fue probablemente de los mejores, con una sucesión casi interminable de platos diferentes con diferentes grados de picante. Guardo un muy buen recuerdo a pesar del tiempo que ha pasado. El restaurante seguía la doctrina ayurvedica y unicamente servia comida vegetariana pero el sabor (y el picor) de cada uno de los platos era espléndido. Tan solo eché de menos una cerveza, excluida también de la filosofía del hotel.

Decoración del hotel


Piscina del hotel

Cansados del largo viaje, nos retiramos a descansar en nuestra habitación de la jungla, entre sonidos de monos, pájaros y quien sabe qué otros bichos.


viernes, 14 de julio de 2017

Chile, día 13 y 14: Punta Arenas, un buen asado y un ¡hasta pronto!

9 y 10 de Enero de 2016

Con una ligera resaca de tantos piscos nos levantamos y nos pegamos un buen desayunaco en nuestro B&B mientras que charlabamos con la dueña, que nos comentó la importancia de la inmigración europea en la historia de la ciudad y de la Patagonia chilena en general. Ésta zona aún hoy está asilada por tierra del resto del pais, y por tanto el gobierno chileno confió en la emigración europea para el poblamiento y el desarrollo de estas duras tierras. Por lo que parece les salió bien.

Salimos a dar una vuelta por la ciudad, dirigiéndonos a su principal atracción, que no es otra que el cementerio, donde uno puede observar el pasado casi centroeuropeo de la ciudad, con multitud de tumbas escritas en aleman y sorprendentemente en croata. También hay numerosos enterramientos de colonos españoles, algunos de ellos en impresionantes mausoleos, que dan muestra de la riqueza que algunos de ellos hicieron.



Después, bajamos caminando hacia el centro, hacia la plaza Muñoz Gamero, con su gran estatua de Magallanes en el centro, el palacio  de Sara Braun y la catedral. Uno no asocia este tipo de ciudades a Latinoamerica. Su clima y sus toques centroeuropeos le dan cierto aire noreuropeo, como si en vez de al sur del sur estuvieras en Hamburgo o Copenague (salvando las distancias).

Plaza de Muñoz Gamero

Bajamos hacia el estrecho admirando los palacetes de principios de siglo que jalonan las calles, cuando Punta Arenas estaba en pleno auge. Doblar el estrecho de Magallanes era la única manera de pasar del Pacifico al Atlántico (y viceversa) ya que aún no existía el canal de Panamá, y los inmigrantes europeos hicieron mucha riqueza con las explotaciones áureas y de ganado ovino. Pese a que parte de esta riqueza se esfumó al abrirse el canal, aún hoy Punta Arenas es una de las ciudades de Chile con mejor calidad de vida.



Al final de la calle se abre el estrecho de Magallanes, con sus frías pero tranquilas aguas que evitaron durante muchos siglos el feroz Cabo de Hornos. Por aquí circularon toneladas y toneladas de mercancías entre el Pacífico y Europa, pero hoy son una ruta secundaria para el tránsito mundial de mercancías.

Nos dimos un pequeño paseo a orilla del canal pero no era muy agradable así que recogimos las maletas y nos dirigimos al aeropuerto.

Estrecho de Magallanes

Al llegar a Santiago, hicimos las últimas compras de souvenirs (las únicas diría yo) y celebramos nuestra marcha con nuestro amigos con un asado al más puro estilo chileno. Broche de oro para un gran viaje a (casi) el otro lado del mundo.


domingo, 14 de mayo de 2017

Chile, día 12: La inmensidad del Perito Moreno

8 de Enero de 2016


Descansamos pocas horas ese día. Al final nos acostamos más tarde de lo planeado por nuestra aventura para conseguir gasolina y no podíamos levantarnos más tarde porque debíamos llegar temprano al Perito Moreno para poder verlo en condiciones e ir a Puerto Natales para devolver el coche. Medio dormido aún desayunamos en el hotel y enfilamos hacia el parque nacional.

La carretera que conecta El Calafate con el Parque Nacional serpentea al borde del Lago Argentino y permite observar la transición entre un paisaje estepario a uno de bosque patagónico, donde poco a poco los árboles van siendo más y más numerosos hasta llegar a conformar un denso bosque.

Entramos en el parque muy temprano, de los primeros visitantes del día sin duda alguna y eso nos permitió aparcar en el parking más cercano al glaciar y poder disfrutar del paraje sin agobios ni gentíos más propios de la puerta del Sol que de de un parque nacional.

Desde unos kilómetros antes de llegar ya se ve el glaciar. Al tomar cada curva la vista se queda enganchada en esa mancha blanca enmarcada por el azul del lago y el cielo y el verde de los bosques. Cada vez más grande, cada vez más cerca. Afortunadamente (ya que así se mantiene el primer impacto visual) llega un momento en el que la carretera se interna en el bosque y la vista del glaciar se pierde. Es el momento de aparcar el coche y caminar brevemente (el parque está adaptado a todos los públicos, en mi opinión demasiado lo que le resta autenticidad) hasta las pasarelas de madera que dan acceso al glaciar.

Al fondo se ve como el glaciar desciende desde las cumbres del Campo de hielo Sur

He de admitir que era reticente a visitar el Perito Moreno. Habíamos visto el glaciar Grey dos días antes y el camino hacia El Calafate es largo y tedioso y encima había que pasar la frontera, con los posibles problemas burocráticos que podían aparecer. Todas las dudas se disiparon cuando llegamos al pie del glaciar.

La imagen del Perito Moreno te deja impactado desde la primera vez. La inmensa pared de hielo blanco, azul y gris se cierne sobre las pasarelas de madera y cruje, chirría y truena continuamente. Cuando un trozo de hielo pequeño en comparación con la pared cae en el lago, el estruendo es ensordecedor. No tuvimos la suerte de contemplar un gran desprendimiento pero debe ser algo inolvidable.




Recorrimos la totalidad de las pasarelas durante un buen rato, haciendo fotos y grabando vídeos del ruido que hace el glaciar. Sin duda hace falta estar allí para darse cuenta de que es una masa viva de hielo que se mueve y ruge continuamente. No es una roca o un trozo de tierra, es un gran río de hielo que discurre desde su nacimiento en el Campo de Hielo Sur hasta su desembocadura en este Lago Argentino.

Cuando acabamos el recorrido nos dirigimos hacia el muelle sobre el lago argentino y cogimos el barquito que habíamos reservado previamente y que hace un recorrido por las cercanías del glaciar. Es también imprescindible, pero el hecho de haberte familiarizado con el glaciar ya antes le resta digamos... impacto. Además el barco, como es lógico iba lleno de otros turistas y no te permite disfrutar con tranquilidad del que sin duda es uno de los mayores espectáculos naturales que hemos visto.





Nos costó despedirnos del Perito Moreno, nos resistíamos a no volver a verlo mas, o al menos hasta dentro de mucho tiempo. Hoy en día, en un mundo global y en el que puedes plantarte en cualquier parte en no mucho tiempo y con relativamente poco dinero no abundan los sitios que dejen la sensación de estar viendo algo único, y éste lo es. Pero teníamos que marchar y con el tanque de combustible casi lleno de la pasada noche reemprendimos el viaje camino de Chile.

Sin mayores contratiempos y sin parar más que en una gasolinera ya cerca de la frontera, llegamos a Puerto Natales justo a tiempo para devolver el coche y coger un taxi a la estación de autobuses, donde ya nos relajamos y disfrutamos del camino a Punta Arenas atravesando la Patagonia chilena entre estancias y tierras castigadas por el atroz viento que siempre reina en esta esquina del mundo.


Nos alojamos en un B&B de una mujer muy amable cerca de la estación de autobuses. La casa estaba impecable: nueva y limpia. Punta Arenas nos dio la impresión en un principio de ciudad industrial, capital del sur de Chile hasta hace relativamente poco incomunicado del resto del país. 

Teníamos muchas ganas de reencontrarnos con nuestros amigos Patricia y Jose y nos contamos nuestras respectivas aventuras (que no eran pocas) mientras que los piscos iban cayendo uno tras otro y disfrutábamos de un riquísimo chupe de Centolla en La Perla del Estrecho, un restaurante que acabó siendo un gran acierto y donde además había música en directo.

No me gusta poner fotos de comida, pero ésto estaba increible

jueves, 20 de abril de 2017

Chile, día 11: ¡A la argentina!

7 de Enero de 2016

Nos levantamos con la calma en el Keoken Patagonia de Torres del Paine. Los B&B que proliferan por toda la Patagonia son acogedores y personales, pero tienen las desventajas de las casas, entre ellas que no están bien aisladas acústicamente y que a veces el propietario es más cercano de lo que debería.

Tomamos un correcto desayuno pero finalmente salimos con algo más de retraso porque no conseguimos hacer que el dueño dejara de hablar. Era un hombre agradable pero hay que saber cuando parar.

Vistas desde Puerto Natales
Por fin cogimos la carretera que nos conducía a la frontera argentina. Una vez allí, pasamos los rutinarios controles de ventanilla y sello a los que tan desacostumbrados estamos en la Europa de las fronteras abiertas. Sin ningún problema proseguimos el camino, que durante el primer tramo discurría entre modestas montañas y prados verdes.

Fue tras dejar atrás Rio Turbio cuando el paisaje cambió radicalmente. La pampa argentina se hizo presente y una inmensa y seca llanura se abrió ante nosotros, todo un contraste con las montañas y los glaciares que habíamos dejado atrás el día anterior. Las nubes provenientes del Pacífico descargan el agua en el lado chileno de los Andes y una vez en Argentina solo llevan un viento atroz que impide el crecimiento de árboles.

Vistas desde la carretera argentina
Y así fueron pasando las horas, con un monótono discurrir de estancias, vallas ganaderas y paisaje ocre, con únicamente un par de desviaciones y por una carretera en buen estado que te permitía disfrutar del viaje. Solo casi al final del camino, tras 4 horas largas de conducción llegamos a un mirador donde pudimos disfrutar de las primeras vistas sobre el lago Argentino, e intuir algo del verdor que al oeste, en la falda de la cordillera nos aguardaba.

El lago Argentino
El Calafate se nos descubrió como una especie de colonia alpina en mitad de la nada patagónica. Edificios de madera con jardines de abetos, un toque de belleza y cuidados con algo de artificialidad. Debió de ser un centro de turismo interior en épocas mejores, hoy solo se mantienen los precios altos y un continuo caudal de turistas extranjeros, que utilizan el pueblo como base de operaciones para visitar el Perito Moreno. Nuestro plan era visitar el glaciar al día siguiente y volver directamente a Chile a devolver el coche y coger el avión. Por ello dejamos las cosas tranquilamente en el hotel y salimos a dar un paseo por el pueblo, donde observamos una buena cola de coches para echar gasolina. Jeje, que costumbres tan curiosas tienen estos argentinos, haciendo cola para llenar el depósito, ¡que cosas!

Casa típica de El Calafate
Nos tomamos un café y un trozo de tarta bien grande en una cafetería de estilo europeo y curioseamos por un pequeño museo dedicado al descubrimiento del glaciar, el establecimiento de colonos en la Patagonia y un poco de la historia local. Tranquilos y relajados volvimos al hotel, donde por casualidad preguntamos al recepcionista el porqué de la cola en la gasolinera.

No había gasolina en el pueblo. Ni una gota.

Por cortes de suministro, escasez de camiones o lo que sea, no había combustible. El rumor era que llegaría un camión cisterna esa noche y por eso la gente hacía cola. Nosotros no teníamos otra opción, la primera gasolinera de vuelta estaba muy alejada para la gasolina que teníamos en el depósito. Si queríamos salir de Argentina y regresar a Chile necesitábamos combustible. Así que nos pusimos a la cola. Fuimos buscando dónde empezaba y no lo podíamos creer. 

Estuvimos 5 horas en una cola de coches hasta la 1 de la mañana, cuando como un milagro llegamos a la gasolinera y pudimos llenar el depósito. Una de las situaciones más surrealistas que hemos vivido en nuestras vidas sin ninguna duda. Una infinita línea de coches que se extiende por calles y calles, al principio parada por completo y luego avanzando poco a poco, de 20 en 20 metros. Entremedias arranques, paradas de motor, lectura, conversaciones con la gente que nos precedía, etc… Las familias traían comida y pasaban la tarde-noche con el dueño del coche, la gente leía y conversaba en corros. Parecían bastante acostumbrados y no les sorprendía lo más mínimo. Mantuvieron una actitud correctísima durante las cinco horas que nosotros estuvimos en la fila. Educación y humor para pasar el rato.

Tras valorar si poner un candado al depósito para que no nos robaran nuestro preciado combustible, nos fuimos a dormir tras un día en el que las cosas no habían ido como nos hubiera gustado. Eso si, habíamos solucionado la papeleta para poder ver nuestro objetivo al día siguiente: El Perito Moreno.