sábado, 1 de agosto de 2015

Uzbekistan, día 9: Epílogo en Moscú

La escala de vuelta la hicimos también en Moscú, donde aprovechamos para pasar unas 10 horitas recorriendo la impresionante capital rusa. He de decir que la última vez que la visité no me apasionó, pero que la impresión mejoró notablemente esta vez.

No me extenderé mucho, simplemente decir que paseamos tranquilamente por las anchisimas avenidas soviéticas cerradas al tráfico en Domingo y que tras pasar por la plaza roja caminamos al lado del rio hasta la calle Arbat.

Al menos aprovechamos el visado de día que nos consiguió sangre, sudor y lágrimas sacar en la central de visados rusos en Madrid, donde una "amabilisima" empleada de corte estalinista pone un primer filtro a los turistas, favoreciendo sin duda la visita de extranjeros a su país.







Uzbekistan, día 8: La sinagoga y el complejo Shah-i-Zinda


(Ha pasado ya casi un año desde el viaje asi que la entrada será más escueta, ya que noto que me cuesta acordarme con detalle de lo que hicimos en este último día de ruta, día que además fue muy muy largo.)

Nos despertamos con calma y desayunamos en la zona común del hostal, compartiendo mesa con un venezolano de avanzada edad pero de espíritu muy joven. Nos contó que había estado prácticamente en todo el mundo, aprovechando el tiempo que le dejaba libre su profesión de maestro de conservatorio. Especialmente interesado en países musulmanes, nos confesó que había visitado Irak, Afganistan en plena guerra y todo país al que cualquier persona con una prudencia dentro de la normalidad jamás se plantearía ir. No fue difícil saber su posicionamiento respecto al gobierno de su propio país, y tuvo que aguantar alguna impertinencia por parte de unas españolas presentes también en el hostal. Los ciclistas no se posicionaban, riendo simplemente y cogiendo fuerzas para el resto de su ruta hacia China, la cual retomarían ese mismo día.

Ya dispuestos a salir del hostal, el venezolano nos invitó a acompañarle por el casco antiguo de la ciudad, que nosotros habíamos descartado por no considerarlo de interés. Hicimos bien en unirnos a él, pues nos enseñó las callejuelas del antiguo zoco, hoy apenas reconocibles. Sin embargo, quizás por sus explicaciones y recuerdos fuimos cambiando la manera de ver las plazuelas y callejuelas hasta descubrir el típico esquema de una medina musulmana.

Así no dice mucho, pero tras un esfuerzo de evocación, acabas entrando en el escenario
Nuestro guía improvisado parecía estar buscando algo y finalmente tras doblar una esquina lo encontró: la sinagoga de Samarkanda, testigo milenario de una cultura y una religión que se apaga poco a poco en estas tierras de Asia Central. Para nuestra sorpresa estaban celebrando el sabbath y nos invitaron a unirnos a ellos. Así pudimos formar parte de un rito que sigue celebrándose casi sin cambios desde antes de Cristo.
Interior de la sinagoga
Los participantes eran pocos, y con pena nos confesaron que probablemente serían los últimos integrantes de la comunidad judía de la ciudad, que tras milenios de historia va desapareciendo poco a poco a causa de la emigración a Israel. Nos dejaron unas kippas y fuimos testigos mudos de cómo leían la Torah. Al acabar, en el patio de la sinagoga pudimos hablar con algunos de ellos, que orgullosos de su pueblo y sus tradiciones parecían encantados de charlar con nosotros. Fue una experiencia extraordinaria, algo que estoy seguro que poca gente ha podido presenciar.

Al terminar nos separamos de nuestro amigo venezolano, ya que era nuestro último día y aún teníamos cosas que ver en la ciudad. Enfilamos de nuevo la avenida que da acceso de la mezquita de Bibi Khanoum, pasando de largo y cruzando un puente sobre una autovía. Continuamos la ancha calle hasta que a mano derecha nos topamos con la entrada a un cementerio. Decidimos entrar ya que nuestro destino final estaba al final del mismo.

Recorrimos el largo paseo flanqueado por tumbas. Algunas más soviéticas, otras más musulmanas, pero todas con el dibujo o la foto del fallecido en la lápida. Curiosa la tradición uzbeka de enterramiento. 

Nada más atravesar la salida este del cementerio entras al mausoleo Shah-i-Zinda, que para mí es el otro monumento (junto al Registán) que justifica una visita a la ciudad de Samarkanda. En él se puede encontrar la tumba del primo de Mahoma Kusam ibn Abbas, que trajo la religión musulmana a esta zona allá por el siglo VII. Fue degollado por un infiel cuando dirigía la oración y enterrado aquí. Posteriormente y a lo largo de los que van del IX al XIV los más notables de la ciudad (familia de Timur, astrónomos, científicos) se hicieron enterrar junto a la tumba del santón. Con la peculiar decoración de azulejos de color azul aguamarina y pese a la restauración reciente, el pasillo flanqueado por los mausoleos es sin duda el segundo monumento más impresionante de la ciudad.
 

Nota útil al margen: Cuando íbamos a salir del complejo nos dimos cuenta que al entrar por la salida nos habíamos ahorrado pagar la entrada.

Tras volver a salir por donde habíamos entrado, continuamos avenida abajo por una calle bastante poco interesante hasta pasar por delante del museo de Afrosiab, al cual no entramos por falta de tiempo. Más abajo encontramos la tumba del profeta Daniel, que alberga un ataúd tremendamente largo, ya que según la tradición el cuerpo no para de crecer. El edificio está rodeado de unos agradables jardines al lado del río, donde se estaban haciendo fotos unos novios.
Tumba del profeta Daniel, que habría hecho un buen pivot hoy en día.

Nos dimos cuenta de que no nos daba tiempo a ver el observatorio de Ulug-beg, asi que cogimos un taxi de vuelta al hostal para recoger las cosas e ir a la estación, desde donde un magnífico tren de fabricación española nos llevaría a Tashkent.

Uzbekistan, Día 7: La inmensa "obra" de Shahrisabz

Según lo pactado con el recepcionista del hotel, nuestro conductor pasó a recogernos temprano por la mañana para cubrir el trayecto a la ciudad natal del gran Timur, Shahrisabz. Era (el conductor, no Timur) maestro de escuela, de etnia tayika, y formaba parte de lo que nos dio la impresión de ser una especie de incipiente clase media. Durante el año lectivo enseñaba música, y durante el verano se ganaba un sueldo extra haciendo de conductor a los turistas, aprovechando para practicar su precario inglés y aportando sus conocimientos sobre la zona y la cultura del pais.

No recuerdo su nombre, pero fue un buen conductor, no se la jugó con el coche en ningún momento y fue un buen conversador en lo que duro el trayecto. Nos fue explicando los restos de la antigua ciudad de Afrosiab que se repartían a las afueras del núcleo urbano, ciudad anterior incluso a Alejandro Magno y germen de la posterior y gloriosa Samarkanda. Según salimos de la ciudad, pudimos contemplar la rica huerta que la rodea, con campesinos y mujeres en los arcenes vendiendo uva, tomate y multitud de otros productos recién recolectados. El algodón, omnipresente durante la colonización soviética, parece haber remitido y las cosechas se ajustan ahora más a las necesidades de la población local, y no a los designios y cálculos de burócratas sentados en sus poltronas a miles de kilómetros.

Avanzando a una velocidad prudente y esquivando algún carro tirado por burros asomaron al horizonte las primeras montañas. El paisaje es similar al que las televisiones nos enseñan cuando muestran imágenes de la guerra en Afganistán. Escarpados montes, ocres e inhóspitos, enmarcan el paisaje semi-desértico que nos anuncia la entrada a una tierra dura y hostil. Es ésta la misma carretera que lleva a Termez, ciudad fronteriza con Afganistán. Sorprende como la frontera, si bien no más que una línea imaginaria, separa aquí concepciones radicalmente distintas del islam y por tanto diferentes derechos y valor de la vida humana.

Siendo sinceros, no difiere mucho de la zona de Gredos en Agosto

Comenzando la subida al puerto la carretera serpenteaba por el valle del rio, evitando los riscos y salientes de las montañas y siguiendo el rastro de la vegetación de ribera y el rápido cauce de agua. Los pueblecillos se sucedían a la vera del camino y las majestuosas montañas cerraban el paso dejando únicamente libre el espacio por donde discurría la carretera, ahora de mucha peor calidad. Por fin subimos a la planicie previa al puerto y pudimos contemplar el maravilloso paisaje que dejábamos atrás.

En lo alto del puerto, además de un mirador, había un improvisado mercado de frutos secos atendido por locales. Los hijos de los tenderos revoloteaban alrededor mientras nos incitaban a comprar algo en una mezcla de estrategia de ventas y mendicidad en la cual por supuesto caímos.

En la bajada del puerto, nos encontramos más curvas y un paisaje duro más allá de la orilla del rio, donde un bosquecillo de ribera acompañaba al agua. En ocasiones el bosque se expandía un poco más y áreas de descanso con algún bar o restaurante se aprovechaban de la frescura del lugar.

Tras recorrer otros kilómetros más por la llanura, llegamos por fin a Shahrisabz para descubrir que el centro estaba enteramente levantado por unas obras de remodelación que pretendían hacer de la ciudad un centro turístico importante. Lamentando nuestra mala suerte, nos acercamos esquivando arena, polvo, vallas y prohibiciones varias, bajando taludes, evitando perros guardianes y poniéndonos hasta arriba de polvo y arena hasta que llegamos a una gigantesca estatua del omnipresente conquistador y después a lo que queda del palacio de verano de Timur, que no es más que las ruinas de las puertas de entrada.

 



Sin embargo, sólo con esta muestra pudimos hacernos una idea de las dimensiones del gigantesco palacio, comparable únicamente a mastodónticas construcciones de los inicios de la historia humana. Desafortunadamente es lo único que se puede apreciar. Aprovechando su sombra, estuvimos un rato contemplando las ruinas y proseguimos nuestro camino por la ciudad.


Los únicos otros monumentos dignos de reseñar de la ciudad son un par de mezquitas y madrassahs, absolutamente sepultadas en el polvo de las obras. Una de ellas, al ser viernes, albergaba una multitudinaria oración, quizás la única que llegamos a ver en este atípico país musulmán. Nos permitieron quedarnos a observarla en un patio al aire libre pero al no entender nada a los 5 minutos nos fuimos de allí.

Un tanto decepcionados por la visita nos reunimos de nuevo con nuestro conductor y le comunicamos que la visita había acabado. El jodido bien nos podía haber avisado que la ciudad era un inmenso terreno de obras, pero bueno, es comprensible su silencio ya que igual se habría quedado sin paga extra.

En el camino de vuelta paramos a comer en un merendero a la orilla del río, en la subida al puerto. Comimos un rico pan con salsa de yogur y unos trozos de cordero viejo con buen sabor. Debíamos de ser los únicos extranjeros en para allí en mucho tiempo y la gente, que charlaba y bebía te disfrutando el frescor del lugar, nos miraba y se reía. Otros vinieron a hablar con nosotros pero la comunicación no fue del todo fluida. Nos tomamos una fresca sandia de postre y reemprendimos nuestro camino, ya sin parar hasta Samarkanda.

El resto de la tarde lo dedicamos a pasear tranquilamente por el agradable casco antiguo de la ciudad, acercándonos a ver otro impresionante monumento timurida: la Mezquita Bibi Khanum, a la cual se accede tras un breve paseo desde el Registán. El edificio, hoy en ruinas, fue ordenado por la esposa de Tamerlán, Bibi Khanum, mientras éste estaba de campaña fuera de la ciudad. Pese a que se derrumbo durante un terremoto en el siglo XIX, supone un bello monumento que nos da una idea de lo que debió de ser esta ciudad hace unos cuantos siglos.

Soporte de marmol para un Corán en la mezquita




Ya a última hora nos acercamos de nuevo al mausoleo de Timur, al que esta vez si pudimos entrar. En su interior, además de una exposición acerca de sus conquistas, una bella sala alberga varios ataudes, de entre los cuales destaca el negro del protagonista del mausoleo: el gran Tamerlán.

El ataud negro es el de Tamerlán

sábado, 17 de enero de 2015

Uzbekistan, Dia 6: El Registan y los dos locos en bici


El día comenzó como los anteriores: con un calor terrible. Realmente guardo buenos recuerdos de Bukhara, pero siempre trás de las imágenes de los minaretes y las madrassahs, la placita con el estanque y el burro con el sufí, asoma la marca del calor pasado, el implacable sol que te perseguía allá donde fueras hasta el ocaso. Mi recomendación es que digas un rotundo sí a Bukhara, pero que intentes evitar el verano uzbeco.

En un taxi nos trasladamos ya con las mochilas a la estación de trenes y a la hora prevista nos montamos en un tren modesto pero ni mucho menos cutre, simplemente funcional. En aire acondicionado solo empezó a funcionar cuando el tren se puso en marcha y los asientos y mobiliario eran los mismos desde hace 40 años pero por el contrario, el tren circulaba bastante rápido, fue puntual, y nos dejó en Samarkanda a la hora fijada. Nada de gallinas en jaulas, gente eructando u olores extraños. El uzbeco, aún humilde, es un pueblo educado y respetuoso.

Estampas desde el tren, el desierto queda atras
Rios caudalosos bajan de las cordilleras de Asia Central
Primera impresión de Samarkanda: la estación de tren es moderna, nada que ver con la de Bukhara. Se ve que la ciudad es el principal reclamo turístico del país y quieren impresionar al viajero con las infraestructuras y los transportes. Segunda impresión de Samarkanda: hace notablemente menos calor que en Bukhara y Khiva. El desierto ya no rodea la ciudad, que además está situada a más altura que las dos anteriores y más al norte. Alivio generalizado. Tercera impresión de Samarkanda: aquí se ven más rusos étnicos que se quedaron aquí después de la independencia (para entender la situación de los rusos en Asia Central después de la caida de la Unión Soviética recomiendo encarecidamente la lectura del libro de Colin Thubron). Para empezar el taxista que insistentemente nos persigue y da la brasa mientras que en las taquillas compramos los billetes a Tashkent para tres días después. Al final acabamos por ceder y por un precio razonable nos acerca al centro y después de insistir aún más nos lleva a dos hostales que conoce que resultan ser los mismos que recomienda la Lonely Planet. Es decir, festival de backpackers y mochileros con Mac, Ipad y envío de fotos en tiempo real a todas las redes sociales existentes. Sin embargo uno de ellos nos medio convence por su precio barato, las criticas que leemos y un agradable patio central con mesas bajas y colchones para tumbarnos. Algún integrante del grupo se muestra disconforme por un baño un tanto descuidado y jura no volver a fiarse de nosotros, pero al menos ya no será en este viaje.

Sin más tardanza y muertos de hambre caminamos hacía las cúpulas que se otean en la cercanía buscando un restaurante en el entorno del Registan. A pesar de las recomendaciones parecían no tener mucha variedad más allá del cordero y alguna empanadilla uzbeca, pero nos sirvió para llenamos el estómago.

Por fin, ¡el Registan!
Al acabar la comida cruzamos la calle y admiramos tranquilamente una de las plazas más hermosas del mundo, el Registán (que significa lugar de arena). Sobran presentaciones. Tres madrassahs de la época gloriosa de la ciudad, allá por tiempos de Ulug Beg y los primeros gobernantes uzbecos cierran tres lados de la plaza, componiendo una imagen de perfectas e intimidatorias proporciones. La mezquita de la izquierda, llamada de Ulug Beg es la más antigua (1417-1420) y más valiosa artísticamente hablando. Fue construida durante la dinastía timurida, y por tanto es anterior a sus dos compañeras de plaza, la de Sher-Dor (1619–1636) y la de Tilya-Kori (1646-1660). Sus interiores son notablemente más elaborados que los de las otras dos, con una sala recubierta de material dorado que verdaderamente impresiona pese a su excesiva restauración.

Sin embargo lo mejor de la plaza son sin duda los exteriores, y es que hay que admirar con tiempo y detalle las magníficas fachadas y torres de las madrassahs. Pagamos la (cara) entrada y estuvimos un par de horas visitando las madrassahs por dentro y haciendo infinidad de fotos. El Registán no es ni mucho menos la única atracción de Samarkanda, pero aún si lo fuese, es de los pocos sitios que conozco que justifica por si solo una parada en la ciudad que lo alberga. La luz del día cambia el aspecto de la plaza totalmente con lo cual se puede disfrutar de una visión diferente casi a cada hora. Nos sentamos en un chiringuito a contemplar la plaza bajo la luz del ocaso bebiendo unas repugnantes bebidas locales.

Interior de la madrassah de Ulug Bek
En Samarkanda, además de más turismo, se ve más nivel económico y me atrevo a decir que un modo de vida más occidental. La gente pasea a todas horas, y no solo cuando el sol se va, se sienta en las terrazas, restaurantes, y viste más a la manera europea. Los coches son mas nuevos, las tiendas más modernas, las carreteras mejores, y las amplias avenidas y los extensos parques parecen mejor cuidados y trazados.

Así es como estaba la plaza hace no demasiados años
Cuando cayó la noche definitivamente, anduvimos por una avenida principal hacia la zona del mausoleo de Timur, atravesando parques con fuentes donde los niños jugaban y los turistas agotaban las últimas horas del día. El mausoleo ya estaba cerrado, pero pudimos apreciarlo por fuera. Lo han restaurado demasiado, y lamentablemente parece un monumento de cartón piedra, pese a la belleza que sin duda atesoró en su día.

La tarde cae sobre Samarkanda
De vuelta al hostal cenamos algo en una cadena de comida rápida y nos acomodamos en el patio central del hostal para echar una partida al Carcassonne. Cuando llevábamos un rato jugando, aparecieron dos tipos barbudos y desaliñados que nos saludaron en castellano. Resultaron ser los dos tios con los huevos mas grandes que hemos conocidos, y es que estaban a mitad de una ruta que les llevaría de Madrid a Xian (China) … en bicicleta. Completar enteramente la ruta de la seda en bicicleta, durmiendo en las cunetas la mayor parte de los días, bebiendo de acequias, y gastando lo menos posible. Madrileño uno y vasco otro, habían atravesado ya España, Francia, Italia, los Balcanes, Albania, Grecia, Turquía, Armenia, Georgia, Irán, Turkmenistan y ahora Uzbekistan, todo esto sin hacer ni un metro en otro medio que no fuera su bicicleta. Cuando les conocimos tenían pensado pasar a Kirguizistan y de ahí a China por Sinkiang, y lo consiguieron, llegando a mediados de ….. a Xian. ¡¡Gloria eterna a ambos!! Podeis leer sus aventuras en Facebook buscando Madrid/Xiang"La Ruta De La Seda" En Bici.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Uzbekistan, Dia 5: Los alrededores de Bukhara

Un día más padecimos el pésimo diseño del edificio del hostal. Siglos y siglos de sabiduría árabe plasmados a la arquitectura y a como diseñar y construir edificios que conserven el fresco en su interior, para que llegue un listo con ganas de dinero fácil a costa del turista y decida que lo mejor es poner las habitación justo debajo de la cubierta del edificio donde golpea durante 14 horas sin piedad el sol del desierto. Nuestra parte de culpa tuvimos, más preocupados por ahorrar cuatro sums que por asegurarnos un sitio cómodo donde descansar. Cuanto más lo pienso, más ganas me dan de desaconsejar el hostal, pero mi cabeza, con más bondad que yo gira con presteza hacia el estupendo desayuno que seguía al horrendo despertar y la idea de nombrar el hostal se disipa entre murmullos.

Hoy madrugamos menos, visto que tampoco nos quedaba tanto por ver, y dedicamos la primera hora del día a visitar con calma la plaza de Lyabi. La estatua de Nusreddin con su burro presenta una imagen amable y simpática del islam, alejada de tanto IS, Al-qaeda, talibanes, clérigos chiíes y demás gente seria y cabreada con pocas ganas de sonreir y muchas de complicar la vida a la gente bajo pretextos de dioses y profetas pasados.




A la espalda de la estatua, la madrassah de Nadir Divan-Beghi, con los pavos reales en la fachada principal, contraviniendo las estrictas reglas del islam, muestra de que pese a ser ciudad santa, en Bukhara siempre ha pervivido unas creencias suaves, moduladas por los pueblos que han pasado por aquí, y que aglutina creencias ancestrales y herejías exiliadas en estas tierras aisladas por terribles desiertos.


Callejeamos hacia el este, internándonos en las vidas de los habitantes, bajo la mirada de madres sentadas en escalones y niños jugando alegres, ajenos a los turistas ocasionales que como nosotros se alejaban de las plazas principales. Buscábamos el mausoleo de Char Minor, interesante edificio con cuatro torres coronadas por cúpulas turquesas, que pone otra nota discordante entre la homogeneidad de las madrassahs al estilo uzbeco. La encontramos en una placita muy agradable, de las muchas que jalonan el paseo del viajero por Bukhara. Un curioso columpio solitario a la vera de otro estanque acompaña al mausoleo, que por dentro no tiene mucho interés y en el que además han instalado otra tienda de souvenirs para turistas.

           

La siguiente parada exigía coger un taxi y salimos a la calle principal con ese propósito. Nos buscó él a nosotros, y el hombre mayor que lo conducía nos llevó en dirección opuesta para cambiar su puesto con el de su hijo, que hablaba algo más de inglés y se le veía bastante más suelto con los turistas que a su padre. Le indicamos nuestro destino, pactamos el precio y atravesamos la zona “moderna” de la ciudad hasta el santuario de Bakhaouddin Nakhchbandi, un clérigo sufí del siglo XIV muy venerado por la zona.

Al llegar nos sorprendió el gentio, nada habitual en los edificios religiosos que habíamos visto hasta ahora, bien fueran mezquitas o madrassahs. Gente de todas las edades, mujeres, hombres acudían alegres al santuario poblando la entrada principal o comprando souvenirs y golosinas que vendían en los alrededores. No se veían muchos turistas y los feligreses nos miraban curiosos y sonrientes. No nos sentimos incomodos en ningún momento y entramos con la marea de gente al interior del santuario.

Este se componía de patios con fuentes y arboles, y pese al criminal calor paseamos con total libertad por su interior mientras que nos mezclabamos con la gente que acudía a rezar o a pasar el día. En el último patio, y el más grande está plantado un arbol aparentemente más muerto que vivo bajo el que pasan los supersticiosos, esperando un golpe de suerte. También la gente arranca pequeñas astillas del tronco para llevarselas de recuerdo o de amuleto. Respetuosamente decidimos no tocar ni pasar por debajo del arbol y nos volvimos al comienzo del santuario, donde revoloteamos alrededor del cementerio, mientras que nos cobijabamos en las ya escasas sombras.



De nuevo fuera del santuario, compramos unas rosquillas de anis bastante sosas enlazadas por un cordel y le pedimos a nuestro flamante chofer que nos llevara al palacio del último emir de Bukhara,  que lo fue ya durante la época de protectorado ruso.


El palacio, honradamente lo diré, nos pareció una soberana castaña, indigno de gastar ni un solo minuto en su visita. Hay algun edificio con el interior de algún interés, pero nos entretuvimos más en alimentar a los pavos reales con las rosquillas que de admirar los detalles de los edificios. Además se acercaba la hora en la que uno no puede estar haciendo turismo en Asia Central, así que le dijimos a nuestro amigo conductor que nos llevase de vuelta al centro, donde tomamos unas coca colas a la vera del estanque de Liabi Hauz.


Tras comer en el sitio de siempre y tomarnos un cafe en la cafetería con wifi extraña por la que no pasaba nadie, la tarde la pasamos deambulando por Bukhara, repitiendo las visitas que más nos habían gustado y disfrutando por ultima vez sobre todo de la vista del complejo de Po-i-Kalon, que espero que nunca se disipe del todo de nuestras retinas.


Al día siguiente por fin llegaríamos a la etapa final de la ruta: Samarkanda.


jueves, 23 de octubre de 2014

Uzbekistan, Día 4: Bukhara, la ciudad santa

A primera hora de la mañana (pero ya con una luz ardiente que invadía la habitación), salimos del horno que hacía las veces de habitación. Comprobamos que el termómetro instalado en la terraza del hostal ya rozaba los cuarenta grados, confirmación de que el día que teníamos por delante iba a ser otra odisea de sol y sudor, gafas de sol y crema protectora. Afortunadamente el desayuno supuso una grata sorpresa, con una especie de porridge uzbeco, fruta, tortitas centroasiáticas y un decente café que hizo que las ganas de insultar al dueño por no instalar un ventilador decente en la habitación se redujeran.

El callejón donde se encontraba el hostal aún mantenía el frescor de la mañana, pero en cuanto salimos a la amplia plaza todo espejismo se disipó, y el instinto de buscar la sombra se adueñó de nuestros movimientos ya para todo el día. Caminamos hacia el Oeste, buscando el parque que se extiende más allá del Ark, o fortaleza del Emir.

Lo primero que nos encontramos fue una amable y semiescondida placita alrededor de un pequeño estanque y en un lado, una madrassah con otro minarete. Como las iglesias románicas en una vetusta ciudad castellana, las madrassahas florecen en Bukhara como las setas después del aguacero.

Reflejo sagrado

En la linde del parque, una mezquita adaptada al calor centroasiático sobresale. Es la de Bolo Khauz, que con su zona de rezo abierta permite observar los decorados del techo e incluso las oraciones de los fieles. En otro estanque anexo, los hombres observaban curiosos a los turistas, mostrando incredulidad ante la sorpresa ajena ante algo rutinario para ellos.

Mezquita de Bolo Khauz
Continuamos hacia el sur, aligerando el paso para evitar que el sol se cerniera sobre nosotros. Ya dentro del parque descubrimos uno de los monumentos más antiguos y originales que veríamos en el pais. Es el mausoleosamánidaa, especie de cubo barroco de la época de los últimos gobernantes persas y que se muestra humilde ante el visitante, descolocado, como sacado del valle del Ganges donde por su estilo pegaría más y trasladado aquí por arte de magia.

Memorial samanida

Antes, un lugar que evoca más de lo que es. El agua siempre ha sido fundamental en estas tierras desérticas, y la naturaleza ya estaba aquí antes que los dioses creados por los hombres. Así, en el lugar de un manantial que saciaba la sed de los primeros pobladores y ante el cual se venía a dar gracias, los conquistadores árabes y los fieles que vivieron después instalaron un santuario, apropiándose de la piedad local hasta hacerla suya y relacionarla con uno de sus profeta. Es el santuario del profeta …., al que los devotos le otorgan el descubrimiento de esta fuente, pese a ser sin duda mucho más antigua que el supuesto descubridor.

Alejándonos aún más del centro llegamos a otra plaza con dos madrassahs enfrentadas. Curiosa esta agrupación de edificios gemelos, como retándose mirándose cara a cara. Sin duda muchos estudiantes debieron vivir aquí para llenar todos estos centros de saber musulmán. La sombra es vital en esta ciudad, y a estas horas aún poblaba parte de la plaza y la aprovechamos para descansar unos minutos antes de volver a la explanada del Ark.

El palacio del Emir siempre ha simbolizado el terror, la represión y la muerte. Fue en este Ark de Bukhara donde los dos diplomáticos-espías-exploradores ingleses del Great Game, Connolly y Stoddard permanecieron encerrados en la última mazmorra del edificio, compartiendo espacio con todo tipo de alimañas y suciedad para por fin salir del agujero únicamente para ser decapitados.

Explanda del Ark

El gran juego de Asia Central, que tuvo lugar durante el siglo XIX, nos muestra la lucha de poder entre el imperio británico y el por entonces expansivo imperio ruso. El miedo inglés a una posible invasión rusa de la India, su posesión más preciada, les impulsó a establecer contacto y alianzas con los gobernantes de las tierras que se interponían entre ellos y el gran oso ruso. En una primera fase las tierras del otro lado del Indo y más tarde, las del otro lado de los pasos Khyber y Bolan, es decir, Afganistán.

Este último país siempre se les resistió a los ingleses, y sufrieron graves derrotas en estas duras tierras plagadas de pasos de montaña inhóspitos y desiertos infranqueables.

A las tierras situadas más allá del Oxus únicamente se adentraron exploradores y espías en solitario, a menudo sabiendo que el respaldo de su majestad sería únicamente nominal, y más aún en caso de ser descubiertos y encarcelados, como les pasó a Conolly y Stoddard. Sin embargo los rusos se internarían de manera mucho más masiva y planificada, hasta derrotar militarmente a las exiguas fuerzas locales y atraerlas definitivamente al regazo de su imperio.

El Ark, aparte de alguna mezquita y un par de museos glorificando la historia uzbeca no reviste demasiado interés, razón de más para regatear la entrada, que fue lo que hicimos. Si no se dispone de mucho tiempo, con ver las murallas exteriores y la portada principal es suficiente para hacerse una idea de lo que suponía este edificio como centro de poder en la ciudad de Bukhara.

A pleno sol ya, huyendo de la luz como vampiros, volvimos nuestro rumbo al centro, hasta alcanzar de nuevo la plaza de Po-i-Kalon, nucleo gravitatorio de la ciudad. Subidos a una terraza enfrente del minarete aliviamos el calor con una cerveza uzbeca mientras que hacíamos fotos y descansábamos tranquilamente.


La mezquita de Kalon es inmensa, con un gigantesco patio interior sin duda diseñado en otras épocas donde la religiosidad de los uzbecos no había sido borrada por años y años de materialismo histórico. Hoy, el ridículo número de fieles se basta con una esquina bajo los soportales para congregarse y rezar a Allah. De la ciudad santa del Islam que otrora fue, a Bukhara hoy solo le queda el nombre, y si no fuera por el inmenso legado en forma de edificios religiosos, nada nos indicaría que siglos atrás miles y miles de estudiantes llegados de todos los rincones del mundo musulmán poblaban sus madrassahs.

Complejo de Po-i- Kalon
Hoy en día, de las pocas madrassahs que sigue funcionando como tal es la que se yergue al otro lado de la plaza. Sin embargo, no es posible la visita, y un serio guardián estaba plantado en la puerta dejándolo bien clarito. En la puerta se indica que poco a poco la actividad religiosa vuelve al edificio y al resto del país, y se enumeran los estudiantes de la madrassah que a día de hoy ocupan puestos prominentes en mezquitas de países vecinos. Pese a casi un siglo de represión oficial (que continúa si bien a otro nivel), la ilusión de otra vida después de esta se aferra a la cultura popular resistiendo casi a cualquier embate.


Comimos en el Minzifa, de nuevo atraidos por el aire acondicionado pero también por la espléndida comida y servicio y después de la siesta decidimos buscar un sitio donde relajarnos y tomar unas cervezas aprovechando que el calor se marchaba a la vez que el sol. El resto de la tarde y la noche transcurrieron calmadamente, como si el frescor que progresivamente le ganaba la partido al calor relajara nuestras ansias de visita y de descubrir nuevas maravillas. Teníamos tiempo de sobra el día siguiente así que decidimos disfrutar de otra manera, sentándonos en las terrazas de la plaza junto a los locales, mientras que mirábamos pasar el tiempo y la gente, relajados charlando entre chiquillos que jugaban y madres que vigilaban.



sábado, 18 de octubre de 2014

Uzbekistan, Dia 3: Cruzando el desierto para llegar a Bukhara

Empezamos el día con miedo. El trayecto de Khiva a Bukhara nos había sido presentado como una especie de travesía infernal en coches destartalados con poco espacio y sin aire acondicionado, atravesando el desierto a 50ºC y que suponía una tortura por la que había que pasar sí o sí en un viaje por Uzbekistan. Existía la opción de tomar un tren nocturno que hace el viaje una vez a la semana y siempre cabía la posibilidad de coger un vuelo Urgench – Bukhara, pero por unas u otras razones, en nuestro caso no nos quedaba otra que ir por carretera.

Contactamos con un hombre a través del recepcionista del hotel, y por un precio bajo para España y quizás un poco alto para Uzbekistan conseguimos un coche amplio, moderno y con aire acondicionado para nuestro road trip uzbeko. Además el conductor hablaba algo de inglés y podríamos comunicarnos con él para al menos saber por dónde íbamos y cuanto quedaba para llegar.

Para evitar el calor de las horas centrales del día a primera hora de la mañana nos montamos en el coche y cruzamos la huerta del oasis de Khiva, donde entre acequias y canales se suceden las plantaciones de algodón y de otros muchos productos comestibles. 

Al cabo de una media hora el Amu Daria se mostró ante nosotros por primera vez, enseñándonos su grandeza, imparable y mansa fluyendo hacia ninguna parte. Ahí entendimos como este río es capaz de regar todos los oasis que jalonan su curso por Asia Central y capaz por tanto de hacer habitable estas tierras, que jamás habrían albergado las florecientes culturas que ha hecho de no ser por él. No llegamos a ver su final, hoy moribundo e indigno de un gran rio como es, lejos del Mar de Aral que hace unos años le recibía.

Cruzando el Oxus
Tras una hora de trayecto, el desierto gradualmente se fue imponiendo. No es un desierto romántico y enigmático de dunas blancas y oasis de palmeras, no. Es un desierto feo y duro, de tierra ocre y poblado únicamente por piedras, rocas y arbustos agonizantes, que sobreviven chupando la poca humedad del subsuelo y la humedad del amanecer. No se ve el paisaje que acompaña a los cuadros de beduinos del desierto que muestran en los bazares, sino el desierto real, una tierra áspera e invivible, hogar únicamente de alimañas y prospecciones de gas.

Aspero. Duro. Seco.
El rio sigue asomando de vez en cuando a la derecha de la carretera (autovía al principio, casi camino al final, va empeorando según se acerca a Bukhara, se ve que el alcalde no es amigo del señor Karimov), tras un gran talud tallado por el propio rio, ahora lejos del gran caudal que debió llevar siglos atrás. En la otra orilla el oculto y misterioso Turkmenistan, de cuyas riquezas no paraba de hablar nuestro conductor.

Las horas pasaban, hicimos un par de paradas a echar gasolina y comprar unas patatas rancias y poco a poco el oasis volvió a ganar terreno al desierto. El paisaje se repetía, señal inequívoca de que nos acercábamos a otra ciudad, en este caso la reina del desierto y otrora capital del islam, la espiritual Bukhara.

Previo paso por la estación de tren para comprar los billetes a Samarkanda y previo paso también por una discusión con el conductor acerca del precio ya pactado conseguimos alojamiento en un hotelillo muy céntrico, regentado por una simpática familia y con muebles y habitaciones aceptables (y con un grandioso desayuno).
 
Lyab-i Hauz (es de otro día, pero para el caso)
Tras una buena comida en el mejor restaurante al que fuimos en Uzbekistan (Minzifa se llama) y una siesta de necesidad para esperar a que el sol bajara salimos a echar un primer vistazo sobre Bukhara. La placita de Lyab-i Hauz se asemeja a una plaza mayor de un pueblo del sur de España. Con su estanque en el centro y sus árboles rodeándolo es el punto donde los habitantes de Bukhara se reúnen al atardecer, aprovechando el fresquito que dan la vegetación y el agua del estanque. Un sitio muy agradable plagado de terrazas donde locales y turistas descansan juntos, gastando sus ansias de vivir despues de las horas en las que el sol hace inviable la vida en el exterior. A la propia belleza de la plaza se le suma la de las tres madrassahs que la rodean: la Kulkedash al norte, la de Nadir Divan-Beghi con sus pavos reales de azulejo al Este y la khanaka (lugar donde los peregrinos se alojaban) del mismo nombre al oeste.

Madrassah Ulug Bek

Atravesamos la plaza y el primero de los bazares cubiertos de la ciudad para llegar a una encrucijada donde tomamos el camino de la derecha. Allí, en una plaza de tamaño mediano dos madrassahs nos recibieron como escoltas de un líder ausente. Nos dimos la vuelta como intimidados sólo para atravesar otro bazar y, mientras la luz del ocaso inundaba la ciudad del desierto, descubrir la plaza de Po-i-Kalyan para quedarnos boquiabiertos. El minarete Kalyan, más que un minarete parece un faro que parece guiar a los creyentes hacia la mezquita del mismo nombre y la madrassah de Mir-i-Arab, impresionantes, como retándose en su belleza y solemnidad una enfrente de la otra. A esta hora del día los niños jugaban en el espacio entre ambas, acostumbrados ellos y quizás sintiéndose protegidos. Como bobos mirábamos para arriba, buscando un enfoque inexistente desde el que abarcar tanta majestuosidad. Por separado, cada uno rumiando poco a poco lo que estábamos viendo, dejamos pasar diez minutos en soledad, mirando hacia arriba y asimilando felices que nos quedaban dos días enteros en esta ciudad, joya musulmana del desierto de un mundo hoy quizás no muerto pero si aletargado tras un siglo de ateísmo radical.
 
Minarete y mezquita Kalyan
De vuelta en la plaza, nos alejamos un poco y subimos a la terraza de un restaurante, donde dimos cuenta de unas ensaladas locales y un cordero viejo. En el hotel, antes de descubrir que las habitaciones eran un auténtico horno donde el calor del día se acumulaba, charlamos animados programando el descubrimiento de la ciudad de Bukhara, que presagiaba maravillas que confirmaríamos en los días siguientes.