martes, 7 de agosto de 2012

Transrrauláica 2012 Día 3 De Pineta a Parzán

El día amaneció fresco pero agradable, con una luminosidad que hacía prever un buen día de montaña entre cielo azul, prados verdes y blancos neveros. Habíamos dormido generosamente aún estando en el duro suelo del camping, pero es que el día anterior habíamos tenido un buen tute y nuestros cuerpos nos lo pedían. El rocio mañanero había empapado tienda, botas y todo lo que estuviese fuera, así que mientras que esperábamos que el sol hiciese su trabajo nos fuimos a desayunar al bar del camping unas magdalenas y un colacao. De vuelta, y con toda la calma del mundo, recogimos la tienda e hicimos las mochilas, en el ya conocido ritual de las mañanas.

La jornada era obviamente más tranquila que la del día anterior, pero eso no significaba corta ni llana. Otros mil metros de desnivel y unas 7 horas de duración planeada. Y además contábamos con una dificultad añadida y era que estábamos a 5 o 6 kilómetros del punto de comienzo de la etapa, y nos apetecía bastante poco andarlos, y encima por asfalto. Compramos una barra de pan en el supermercado y sacamos el dedo mágico del autostop. Aproximadamente a los 3 segundos un coche blanco paró en el arcén de la carretera. Dos simpáticas mujeres de Madrid se habían apiadado de nosotros y nuestras mochilas y se ofrecían amablemente a acercarnos hasta la pradera de Pineta. Muchas gracias desde aquí hacia ellas, que nos ahorraron un coñazo de camino.

Tras despedirnos de nuestras benefactoras, cogimos la senda a la altura de una ermita cerca del parador para descubrir un precioso camino que ascendia infernalmente por en medio del bosque. Sin tregua, sin pausa y sin rellano, las marcas blancas y rojas que nos acompañarían durante tres días marcaban un sendero casi vertical que, apoyándose en raíces y piedras ganaba altura de manera vertiginosa. Para mas INRI, el bosque no permitía que corriese el aire y la humedad era más alta que lo normal, con lo que la sudada fue de órdago. Cada uno a su ritmo e intentando no deshidratarnos, logramos llegar al fin del bosque para coger una pista que por lo menos hacía alguna ese más y en la que el aire se movía algo.
Llanos de Lalarri
Tras 15 minutos de pista llegamos a los archi conocidos llanos de LaLarri, mirador privilegiado del macizo del Monte Perdido, su glaciar y el valle de Pineta. Las vacas pastaban tranquilamente, un campamento escolar reposaba al lado de una cabaña de ganado y el sol lucía limpio en el cielo. La estampa era preciosa, con el verde de los prados enmarcando el gris de la roca y el blanco de los neveros mientras que el azul reinaba en lo alto. Sin embargo, sólo un factor venía a perturbar esta paz, y era nuestra mongolidad, que con las prisas nos había hecho olvidar llenar las cantimploras de agua. Por ahora la situación no era preocupante, pero nos tomamos unas piezas de fruta para meter algo de líquido al cuerpo.

La senda ascendía rodeando la cabaña y volvía a internarse en el bosque, girando de nuevo para, tras un rodeo coger la ladera del valle de Pineta a una considerable altura. Este fue el único punto donde las marcas del GR-11 no estaban claras y nos perdimos durante unos segundos, pero rápidamente volvimos a coger el camino con el buen rumbo. Salimos del bosque y llegamos a la zona de prados tras subir una dura rampa. Se veía en lontananza el refugio de la Estiba y lo que parecía ser una fuente con abrevadero. Apretamos el paso debido a nuestra boca seca y en un rato llegamos a la fuente donde descansaba otro grupo de chavales con sus monitores.

Bebimos a placer mientras charlábamos con el grupo, que venía de un colegio de Madrid y llevaba unos días de travesía por el monte cargando buenas mochilas. Le echamos un par de pastillas de Isostar al agua, comimos unos frutos secos y descansamos un rato largo, sabiendo que habíamos pasado ya el mayor desnivel de la etapa. Los chavales reanudaron su camino y nosotros, tras echar un último vistazo al macizo del Perdido, subimos hasta un collado que atravesaba una pista forestal. Ante nuestros ojos se abrió la Plana Fonda, especie de mini-valle paralelo al valle de pineta, completamente plano y solitario que en invierno y cubierto de nieve debe ser una delicia. Es un sitio perfecto para vivaquear, rodeado de hierba y con marmotas correteando alrededor. Disfrutamos este tramo cuanto pudimos y giramos a la izquierda para ascender al último collado del día: el collado de la Sobreestiba, que alcanzamos tras una breve cuesta.

La Plana Fonda

Desde arriba, dijimos adiós definitivamente al entorno del Valle de Pineta, con el que nos habíamos deleitado durante las últimas horas. Pese a que la fama se la lleva el valle del rio Arazas, este valle es también espectacular, y marco de muchas de las mejores excursiones que se pueden hacer en Ordesa. Hicimos el mongolo un rato con la cámara de fotos y continuamos la marcha, esta vez cuesta abajo siguiendo el barranco de Pietramula. En un principio el GR-11 descendía rápidamente, por una estrecha y entretenida senda que no te permitía despistarte y que hacía que las rodillas y dedos gordos sufriesen. Sin embargo, tras un rato en este camino se vio al fondo una plana con ganado, unos coches y un grupo de excursionistas, señal inequívoca de que comenzaba la tan temida pista.


Descansando en el collado

Menudo buey/toro/bicho grande

Y asi era, una pista ancha y tediosa llegaba hasta muy arriba, donde había un par de todoterrenos de apoyo aparcados y un nutrido grupo de senderistas. También un riachuelo que bajaba de las alturas, al lado del cual un grupo de vacas, bueyes y caballos pastaba tranquilamente sin ser incordiados ni por los humanos ni por los coches. Sin más dilación, enfilamos la pista cuesta abajo, siendo conscientes de que los bonito de la etapa se había terminado. Al cabo de una media horita nos cruzamos con un grupo de chavales de campamento con muy diversa actitud hacia la marcha: unos caminaban animados y a buen paso, charlando con alegría y otros (especialmente chicas) nos preguntaban qué cuanto quedaba para llegar arriba con evidente cara de cansancio físico pero sobre todo mental. Creo que es un error mandar a un campamento de estos a un hijo tuyo si no le gusta la montaña ya que puede convertirse en una auténtica tortura y llegar a odiar el monte y todo lo que venga con él.

Tras otro rato largo más paramos a comer a la poca sombra que daba una borda de pastores, acondicionada en su interior con unos colchones de paja por si sorprendiese una tormenta o la noche. Dimos buena cuenta de unos bocadillos de “sabroso” pavo y queso y descansamos del criminal sol que golpeaba este precioso valle de Langorrués. Tras el reposo, mas pateo de pista, a buena velocidad pero rezando por una bici de montaña que nos facilitase muuucho lo que quedaba de etapa. De buena charleta llegamos a Chisagües, el primer pueblo que veíamos desde Torla, donde la pista se transformaba en carretera y en donde no creo que viviese mucha gente. Parece ser que el valle que bajábamos albergó minas en el pasado y que mucha de la producción de hierro de Aragón durante la edad media se sacaba de aquí.

Ese pico, al E del valle de Bielsa, creo que se llama Punta Suelza
Desde Chisagües, la carretera bajaba haciendo eses hasta Parzán, el final de la etapa y entre la paliza del día anterior y el asfalto recalentado mis pies empezaron a resentirse en las plantas y los dedos. Sin duda fue la parte más coñazo de la ruta, hartos ya del aburrido alquitrán y deseando llegar al hostal que nos esperaba. Casi al fondo del valle salió un camino que nos ahorro unos metros de asfalto y nos dejó en el pueblo donde encontramos el Hostal Lafuen a pie de la carretera que llevaba a Francia. El pueblo era poca cosa, unas cuantas casas diseminadas alrededor de una iglesia más propia de Cádiz que de Huesca y una pequeña urbanización con tienda y gasolinera que daba servicio a las cercanas estaciones de esquí del otro lado de la frontera. Sin embargo, el hostal estaba bien, y pese a no encontrar nuestra reserva nos alojaron en una doble con vistas a la carretera. Una habitación y un baño funcionales, que nos sobraba para los estándares del viaje. Me curé las ampollas que habían salido y que me molestarían el resto de los días e hicimos un intento muy pobre de lavar la ropa sucia.

Estuvimos un rato en la terraza del hostal leyendo y descansando y luego cruzamos al super de enfrente, hecho exclusivamente para franceses pero que nos solucioó muchas cosas. Tras comprar algo de comida, tiritas y un pack de calcetines (¿Quién se pone a fregar calcetines mugrientos por 2 míseros euros?) nos dirigimos al comedor del hotel donde cenamos copiosamente unas alcachofas y un churrasco aragonés. Tras un rato más de lectura y una conveniente llamada a casa, nos fuimos a sobar en una cama por primera vez en tres días.

Datos Prácticos
Tiempo empleado: 7 horas más o menos con descansos

Desnivel: +1000 m

Dificultad: Fácil, únicamente superar el desnivel positivo.

Alojamiento: Hostal LaFuen. Bastante bien, funcional. Cena buena y desayuno cojonudo, el mejor de toda la ruta. Agua: Fuente en las cercanías del refugio de La Estiba. Luego algún arroyo por ahí.

domingo, 5 de agosto de 2012

Transrrauláica 2012 Día 2 De Goriz a Pineta pasando por el Monte Perdido

El viento golpeaba la tienda con furia, haciendo un ruido ensordecedor que impedía conciliar el sueño. Eran las 05:30 de la mañana de la noche que justo mejor debíamos dormir. La claridad empezaba a aparecer en el cielo y el valle del Arazas se empezaba a intuir bajo la mole pétrea en la que nos encontrábamos. Se oía el rumor de gente que levantaba el campamento y empezaba a andar, y las risas de los holandeses de la tienda de al lado que tampoco podían dormir. Sin embargo, a los 40 minutos más o menos el viento cesó y pudimos conciliar de nuevo el sueño hasta las 07:00, aprovechando un tiempo muy válido para descansar para el día que nos esperaba.

Asi da gusto madrugar

Sin levantar siquiera la tienda nos fuimos a desayunar, donde nos pusimos hasta arriba de magdalenas y croissants y preguntamos sobre la ruta al guarda del refugio. La mayor parte de la gente ya estaba arriba, e incluso subiendo, pero es que muchos debían subir al Perdido y bajar hasta el coche en Torla.

Lo normal es subir y bajar al Perdido por la cara Sur, desde el refugio de Goriz. Sin embargo nosotros, para no tener que volver atrás y avanzar de paso hacia el Este, pretendiamos bajar por la cara opuesta, la N y así bajar al valle de Pineta. Mientras que el camino por la cara Sur es sencillo y relativamente corto, la cara norte del perdido está presidida por un glaciar y un cortado de roca que lo separa de la plana de Marboré. Para mas INRI, una vez en dicha plana, aún se ha de bajar desde el balcón de Pineta al fondo del valle, por una senda cuasi vertical que desciende casi 1800 metros en poca distancia.

Nuestra idea original era subir a la cima y una vez allí, y siempre hacia el SE, bajar al cuello del perdido, rodear el Pico Añisclo por su izquierda, llegar a la Punta de las Olas y coger la Faja de las Olas que nos dejaría, ya en el GR-11 en el collado del Añisclo. Sin embargo, se nos ocurrió preguntar a uno de los guardas del refugio, que nos propuso un camino que, según él sería más corto y, textualmente, 10 veces menos complicado: esta opción suponía bajar del Perdido de nuevo hasta el Ibón Helado, subir al cuello del Cilindro y bajar, vía el glaciar del Perdido directamente hasta la Plana de Marborés.

La complicación venía en que la bajada del glaciar del Perdido a la plana era a través de un gran cortado vertical. Si se iba equipado con cuerdas no había problemas pero no era nuestro caso, con lo que deberíamos buscar una vía avanzando sobre el glaciar siempre hacia la derecha. Allí encontraríamos una sucesión de destrepes de grado IV según el guarda, que dependiendo de nuestro nivel de escalada o pericia en el monte supondrían un quebradero de cabeza o un aliciente para la etapa.

Un pelín acojonados por su explicación recogimos la tienda y los sacos y empezamos a subir por una senda que se empina sin ningún tipo de piedad desde el primer momento. Cada poco tiempo girábamos la cabeza para ver el maravilloso escenario que se nos presentaba, con el valle del Arazas haciéndose más pequeño cada vez. Poco a poco íbamos alcanzando gente, envidiando su livianez por no tener que llevar una pesada mochila a la espalda. Tras una hora y pico se llega al llamado campo de bloques, llamado así por los pedrolos que dejas a los lados y atraviesas un par de pasos equipados con cadenas que no revisten mayor dificultad. Tras un par de horas (o quizás algo más) al subir una gran roca aparece ante ti el Ibón Helado, al cual bajamos y donde descansamos un ratillo

El Ibón Helado y el Cilindro

 Decir que al ser domingo, la ruta de ascenso era bastante una procesión así que no hay perdida posible. Había grupos de chavales que se encordaban para pasar ciertos pasos, pero ni de coña es necesario aunque si comprensible por parte de los monitores que tienen que garantizar su seguridad. Cogimos un poco de aire y dejamos las mochilas en las cercanías del lago, una vez que cogimos todo lo valioso que teníamos en ellas. Iniciamos la subida de la tan temida (en invierno) escupidera. Con nieve y hielo es jodida ya que ante una caída deslizarías hacia el vacío, pero en verano lo único que es es un terrible coñazo, ya que está compuesta de piedras sueltas y cada vez que avanzas 2 metros retrocedes uno. La única receta posible es paciencia y ritmo ya que tiene una buena pendiente

Peña Oroel al fondo

 Cada uno a su paso y aliviados por la descarga del peso de la mochila (aunque un poco preocupados ya que nunca sabes qué tipo de hijoputa patea por el monte y puede robarte algo) logramos llegar al último collado donde la pendiente se suaviza, se abre el panorama hacia el valle de Pineta y ya tienes al alcance de la mano la cima. Tras 5 minutos se alcanza el techo del macizo, con unas vistas impresionantes sobre los valles de Ordesa, Pineta y macizos cercanos. Se ve claramente hasta la peña Oroel, en Jaca. Sin embargo, la incertidumbre de lo que nos íbamos a encontrar en el descenso y el largo camino que nos quedaba por recorrer no nos permitió disfrutar mucho la cima y tras hacer un par de fotos bajamos de nuevo hacia las mochilas

¡Cima!

 Pese a que parecía que la bajada iba a ser aún peor que la subida, la escupidera se hizo bastante más sencilla a la bajada. Las mochilas afortunadamente estaban íntegras así que volvimos al entorno de ibón, donde comimos algo y descansamos unos 15 minutos, mientras veíamos la aparentemente infranqueable pared que nos separaba del cuello del cilindro.

Sin embargo, ésta no era tal y se puede subir fácilmente por su extremo izquierdo, para luego seguir una faja hacia la derecha y volver a subir, esta vez hasta la cima, por otro sencillo paso. Y aquí es donde se vislumbraba la magnitud del problema.

Una bajada muy pronunciada llevaba hasta el glaciar (nevero mejor dicho) donde ya buscaríamos la tan temida destrepada. La primera parte del camino no era problema, pero de repente éste desaparecía y desembocaba en una pendiente de “piedras movedizas” donde, a cualquier movimiento todo tu alrededor se deslizaba contigo. Sin embargo, ahora las piedras eran pequeñas, de manera que te hundías hasta el tobillo en una especie de desprendimiento que te incluía sin tu poder hacer nada. Bajar era horrible, pero nos cruzamos a unos franceses que debían estar pasándolo aún peor de subida.

Por fin alcanzamos los límites del nevero, con el lago de Marboré siempre en la lejanía, y comenzamos la tediosa travesía. No llevábamos crampones, pero no era peligroso ya que aquí el terreno es más llano y lo más que puede ocurrirte es mojarte el pantalón. Caminando siempre hacía nuestra derecha, las vistas del glaciar eran imponentes. Nos acercábamos cada poco tiempo hacia el límite del hielo para ver si hubiese algún paso, pero siempre había una caída vertical importante de unos 30-40 metros que imposibilitaba la bajada. Alternando tramos de roca y nieve continuábamos avanzando hacia la derecha, hasta que no nos quedo otra opción de intentar por fin la bajada

Bajando hacia el balcón de Pineta (El glaciar a la derecha)

 El primer destrepe se mostraba ante nosotros, y no parecía tener excesiva dificultad. Aún con la mochila a la espalda, los apoyos eran claros y pudimos llegar abajo sin ningún problema, salvando los 6-7 metros que medía. Un rellano cortito y estábamos a la entrada del segundo, con una gran grieta vertical a la izquierda. Aquí si que tiramos las mochilas los 8 metros de altura que medía la grieta y comenzamos a descender usando la pared de la izquierda como apoyo vertical, lo cual facilitaba mucho las cosas. Una vez abajo recogimos las mochilas y comprobamos que no nos habíamos cargado nada. Otro rellanito, y por fin el teóricamente último destrepe que iba acompañado por un flujo de agua que lo hacía mas resbaladizo. Quizás fuese este menos vertical que los anteriores, pero la roca estaba en muy mal estado y se deshacía con facilidad al mínimo agarre. La última parte era la más peligrosa, pero la caída ya no era tan grande con lo que llegamos al final sin mayores consecuencias.

Más o menos por ahí bajamos

 Abajo, echamos un vistazo para comprobar que, efectivamente, ese había sido el último destrepe y que solo un breve y sencillo descenso nos separaba del llano de Marboré. Descenso que recorrimos sin más problemas viendo al fondo a un grupo de corzos que descansaban tranquilamente y nos miraban preguntándose quién coño venía a molestarles. No eran los únicos que nos vigilaban en ese momento, pero nosotros no lo sabíamos…

Una vez abajo, y con la adrenalina ya en niveles normales nos sentamos en lo alto de una gran roca para descansar de una vez y tomar el último bocadillo que nos quedaba. Qué tranquilos y satisfechos estábamos pese a saber que aún nos quedaban unas cuantas horas para llegar a nuestro destino. Al sol, nos quitamos las botas y comimos y descansamos con la tranquilidad de la dificultad ya pasada.

Aparentemente el balcón de Pineta estaba al alcance de la mano, pero aún tuvimos que remontar una loma rocosa y atravesar un par de torrentes de montaña que venían del Lago de Marboré y que posteriormente caerían verticalmente formando las cascadas del circo de Pineta. Bastante hartos ya llegamos por fin al Balcón, sin duda uno de los mejores miradores naturales que existen ya no en el Pirineo, sino en todo el país. El valle, verde y largo, se extiende ante la vista sin aparente fin

Un tio espectacularmente guapo (bueno, y el valle de Pineta detrás)
Comenzamos el interminable descenso haciendo zetas para salvar la gran verticalidad, e imprimiendo un fuerte ritmo ya desde el comienzo para conseguir bajar el tiempo de las 3 horas y media que nos habían dicho que se tardaba en bajar. Nos cruzábamos a gente que subía a dormir a las cercanías del lago, y adelantábamos a excursionistas que iban por delante de nosotros visiblemente hastiados de la bajada, que es larga y monótona pese a las magníficas vistas. Las cascadas y arroyos te rodean por todo el valle y las Tres Soroes son testigo mudo de todo lo que ocurre abajo en el valle.

Después de un par de horas de charleta llegamos a una fuente con abrevadero que prometía aliviarnos y donde descansaríamos un rato por primera vez desde arriba. Allí había un grupo de excursionistas que nos cuestionaron si éramos nosotros los que habíamos bajado desde el Perdido esa misma tarde a eso de las 15:00. Resulta que, desde el lago de Marboré nos habían estado siguiendo por medio de unos prismáticos, primero por el glaciar y luego bajando por la brecha. Les habíamos entretenido con nuestra ruta en la sobremesa y nos echamos unas risas con ellos, que eran muy majos. Uno de ellos nos contó que había participado en la primera maratón de Madrid, allá por el año 1975. ¡Qué tío! Aprovechamos su compañía y charla para continuar la ruta con ellos, que viene muy bien de vez en cuando hablar con más gente y el camino se hace más entretenido.

Este tramo continuaba entre bosque hasta la pradera de Pineta, donde nosotros erróneamente creíamos que estaba el camping. Sin embargo, después de preguntar en un campamente de un colegio, nos dijeron que éste quedaba más abajo, en dirección Bielsa, a unos 6 o 7 kilómetros. Abatidos y derrotados como estábamos, esta distancia nos parecía un mundo, y más por una tediosa carretera asfaltada.

Afortunadamente, nuestros nuevos amigos aún estaban por allí y se ofrecieron (tras una merecida cerveza) a acercarnos al camping en sus coches. Gracias de nuevo a ellos, porque nos ahorraron un final de etapa aburrida.

El camping de Pineta está muy bien equipado, y con supermercado, restaurante y unas buenas duchas nos sirvió perfectamente como área de descanso. Cenamos unos platos combinados sin mirar grasas ni colesteroles y nos fuimos a la tienda prontito después de ver un peliculón en la tele del restaurante. Habíamos tenido un gran día, quizás la mejor de las etapas del viaje, pero estábamos realmente cansados después de casi 12 horas de marcha.

Resumen y datos básicos:

Tiempo empleado: 11 horas más o menos con descansos

Desnivel: + 1221 / -2071

Dificultad: Media/Alta. Pasos con cadenas en la subida al Perdido. La escupidera más que peligrosa es un coñazo. La bajada del cuello del Cilindro es complicadilla y para bajar del glaciar hay 3 destrepes difíciles de encontrar y, según tu nivel de maña en la montaña, pueden resultar complicados, y lo peor es que no hay otra alternativa.


Alojamiento: Camping de Pineta. Muy bien. Restaurante, supermercado, duchas limpias. Pero ojo, alejado del final de la etapa.

sábado, 4 de agosto de 2012

Transrrauláica 2012 Día 1 De Bujaruelo a Goriz por la brecha de Roland

Aún con luz llegamos a Torla tras atravesar el puerto de Cotefablo, y preparamos las mochilas para los 7 días. Dejamos definitivamente los crampones y el piolet en el maletero, confiando en no necesitarlos hasta el glaciar del Aneto, donde utilizaríamos los alquilados en La Renclusa. Nos hicimos unas fotos preliminares y santificamos la expedición al gran 7, justo a tiempo para que nos recogiera el taxi que habíamos llamado para llevarnos a Bujaruelo por unos caros (a nuestro parecer) 30 eurípides. La razón primera para coger un taxi era el poder acceder más fácilmente al coche a la vuelta, pero según avanzábamos por la pista me fui dando cuenta de que dejar el coche en Torla había sido también una gran idea por el mal estado de la pista que conduce hacia el norte. Sí que hay gente que se aventura en ella con su coche, pero mi viejuno y dañado A4 no está para estos trotes e hicimos bien en dejarlo en el parking público de Torla.

El valle es estrecho y oscuro, dando un respeto si lo atraviesas con las últimas luces del día. Llegamos al camping (al segundo de ellos, el más alejado de Torla) justo a tiempo para cenar algo rápido antes del cierre de la cocina y planear a la luz del frontal la etapa del día siguiente. Con la ayuda de un camping – gas que nos prestaron (a pesar de que ya habíamos cenado, jejeje) montamos la tienda, para darnos cuenta por primera vez de sus estrecheces y de los juntitos que íbamos a dormir. Pero oye, todo fuese por cargar menos peso. Nos echamos a dormir entre campamentos juveniles e ilusionados por la ruta que empezaría al día siguiente…

La luz nos indicó que había llegado la hora de desmontar el campamento. Yo, al ser la primera noche no había dormido nada bien, todo lo contrario que Ant, que se duerme encima de una piedra. Entre desperezos y bostezos llegamos al bar a tomarnos un desayuno sencillo para luego desmontar la tienda, empaquetarla y rehacer las mochilas

Puente de Bujaruelo

La ruta de hoy nos llevaría en primer lugar hasta el puerto de Bujaruelo, atravesando primero un bosque para, según la altitud aumentara, pasar a los prados de montaña. Atravesamos el bello puente de piedra de Bujaruelo que salva un rio de aguas cristalinas, y cogimos un sendero que remontaba la ladera este del valle a través del ya mencionado bosque. Tras las primeras sudadas en las primeras rampas, dejamos a la izquierda el valle de Otal, escondido y virgen y fuimos contemplando en el fondo del valle el camping y el puente de Bujaruelo

Valle de Otal
Acostumbrados al Guadarrama, estas montañas juegan en otra liga. No es su altura lo que las hace espectaculares, sino su morfología, abrupta, vertical y rocosa, que contrasta con la suavidad y redondez de las montañas de Madrid.

El sol empezaba a elevarse justo cuando nosotros salíamos del bosque, y nos protegimos de sus rayos mientras seguíamos ascendiendo contemplando las primeras marmotas, los omnipresentes córvidos y algún que otro buitre. Tras atravesar una plana, el camino giró al E y el puerto se dejó ver entre las nubes, lo que nos animó a seguir avanzando a buen ritmo por el fondo del valle. Los últimos metros se empinan un poco más para arriba, pero finalmente arribamos al puerto de Bujaruelo o Gavarnie.


El puerto de Bujaruelo aparece entre las nubes
Nos había sorprendido la soledad que llevábamos hasta ahora, siendo Julio y sábado, pero ésta se truncó al llegar arriba, donde un grupo de jóvenes alaveses y otros grupos ponían el bullicio que hasta ahora había faltado. Nos abrigamos, ya que las nubes habían hecho bajar la temperatura, comimos algo de frutos secos y nos hidratamos añadiendo una pastilla de Isostar al agua, invento que creemos que nos ha venido muy bien durante toda la ruta, evitándonos las agujetas y proporcionándonos las sales que nos hacían falta. Igual también simplemente ha sido una flipada y un placebo, pero eso no lo sabremos nunca…

Tras un descanso después de los 800 metros de subida, reemprendimos el camino en dirección E, por una senda que ascendía más tendidamente pero de manera constante ya por territorio francés. El paisaje deja el verde para volverse más áspero y rocoso, con un carácter lunar que nos acompañará todo lo que quedaba de día al ser la altura ya considerable (2273 m en el puerto). Aquí la procesión de gente era mucho mayor, porque una carretera deposita a los franceses casi arriba del puerto, cosa que jode bastante teniendo tú que subir casi 1000 metros. Atravesando cursos de agua y alguna cascada equipada con una cadena que hizo el camino más ameno, empecé a sufrir, debido a que pensaba que el camino llanearía hasta el refugio de Serradets y de de eso nada. Tuvimos que dejar pasar a un grupo que iba como un tiro (¡cómo andan por el monte estos vascos!) en dirección al Taillón. Las nubes que en un principio cubrían todo desde el puerto empezaron a levantar, dejándonos ver el pirineo francés con el Vignemale y su glaciar presidiendo la estampa. Estas son las cosas que te responden a la pregunta que resuena en tu cabeza durante las subidas: ¿y qué cojones haré yo aquí en vez de tirado en la playa?

Panorámica desde Serradets
La altura iba subiendo y se iban viendo algunos neveros y glaciares en la cara norte de la cuerda divisoria. Una última rampa nos dejo a los pies del refugio de Serradets o de la brecha, que alcanzamos en 5 minutos a buen ritmo. Las vistas sobre el circo de Gavarnie eran preciosas, pese a estar las nubes en el fondo del valle, y se intuía la cascada de Gavarnie, que pasa por ser la más alta de Europa. El refugio se sitúa en un sitio inmejorable, al pie de la cuesta que conduce a la brecha de Roland y en lo alto del circo de Gavarnie. No llegamos a entrar pero nos tomamos un montadito de sardinas que nos supo a gloria y estrenamos nuestras pastillas potabilizadoras que resultaron ser una buena compra. Los chavales alaveses traían comida para un regimiento pero iban más preocupados por las copas que se iban a tomar en Torla esa noche que por la subida al Taillón. Eran unos cachondos y nos echamos unas risas oyendo sus conversaciones.

Ahi está ahi está ahi está ahi está...la brecha de Roland!! (matadme, gracias)

Tras un descansito al sol esperando a ver si se iban las nubes sobre el circo, reemprendimos la marcha que subía ya sin pausa hacia la brecha por una loma formada por los depósitos de un glaciar. Tuvimos que atravesar unos neveros sin mayor problema porque la nieve estaba blanda blanda y con mucha huella marcada y casi al final echar mano a la roca en algún paso sin complicaciones. Tras 30 minutos llegamos a la brecha de Roland, que hace de pintoresco paso fronterizo entre España y Francia.

Roland fue el sobrino de Carlomagno, y le acompañó en su campaña al sur de los pirineos para ampliar y asegurar la marca hispánica, allá por el siglo X. Cuando, de vuelta al territorio franco, los vascones les sorprendieron en Roncesvalles, Roland se encontraba en la retaguardia del ejercito que sufrió el ataque y, antes de morir, intentó por todos los medios que los enemigos no se hiciesen con la preciada espada regalada por su tío. Para ello intentó romperla lanzándola contra una roca, roca que sin embargo no aguantó el embiste de la mágica arma y se rompió, dejando una brecha que hoy es la brecha de Roland. Bonita historieta para un paso realmente pintoresco que comunica el Parque nacional de los Pirineos con el de Ordesa y Monte Perdido.

El famoso paso de los sarrios con la cadenita de marras

Desde la brecha se puede bajar directamente hacia el Sur al Collado del Descargador, pero nosotros teníamos intención de atravesar el famoso paso de los Sarrios, que quedaba un poco más al Este, para luego cruzar un terreno más rocoso y escarpado hasta llegar al mismo collado. Así pues cogimos una faja que discurre bajo los riscos en dirección E, hasta llegar al famoso paso, que no es más que un paso con algo más de patio a la derecha y una cadena que sirve para darte seguridad. Con hielo y nieve puede acojonar algo más, pero en pleno verano es un paso entretenido pero nada más. De todos modos viene bien pasar por aquí si se quiere dar un poco más de chicha a la excursión. Pasamos por debajo de la gruta de Casteret y disfrutamos del sol un rato antes de pasar un nevero y un pasito más complicado donde tuvimos que echar mano a la roca quitándonos previamente las mochilas. A partir de ese momento, una senda que descendía constantemente por un terreno lunar y rocoso atravesando el citado collado, el llano de Millaris y la faja Luenga, donde nos comimos otro pequeño bocadillo a eso de las 15:00.

El refugio de Goriz ya se veía en lontananza, pero aún nos quedaba un buen camino bastante aburrido y cansado. El entorno se hacía algo más verde, ya que aquí la altitud algo más baja permite crecer a la hierba e incluso alguna flor. Tras descender otros cuantos metros, llegamos al refugio de Goriz, meta de este primer día, y que más bien parecía un camping desorganizado debido a la masificación que sufre permanentemente este refugio de alta montaña, y aún más un fin de semana de Julio. Reservamos la cena y el desayuno y buscamos un sitio para poner la tienda a una distancia bastante pequeña de unos holandeses pero con unas vistas preciosas de el valle del río Arazas.

Relax en la explanda de Goriz

 A partir de ahí, descanso, ducha (precaria), cena copiosa (lentejas, ensalada, salchichas y yogur), llamada a casa para tranquilizar y charleta con unos holandeses mientras os tomabamos unos chupitejos de hierbas a precio de Cardhu rodeados de vascos y más vascos. A la tienda a eso de las 22:00, donde nos dio tiempo a matar a un familiar cercano de Ela La Araña que nos aguardaba en el techo de nuestra casita. La primera etapa del RG-7 tocaba a su fin, con un éxito total que auguraba una gran semana.

Resumen y datos básicos

Tiempo empleado: 8 horas más o menos con descansos

Desnivel: +1421 m / -387 m

Dificultad: Normal, hay alguna cadena antes de llegar a Serradets y en el paso de los Sarrios. Hay que echar mano bajando del paso de los Sarrios pero se puede evitar dando un pequeño rodeo.

Alojamiento: Tienda en las cercanías de Goriz. Masificado, duchas muy precarias. Cena y desayuno bien.Agua: En los refugios. Desde la Brecha a Goriz poca.

jueves, 2 de agosto de 2012

Transrrauláica 2012 Intro

Tras dar vueltas y más vueltas al plan veraniego del C.A.RA. (Club Alpino Raulista) y desechar objetivos más ambiciosos, el destino y la ruta quedó fijada. Sobre la base del GR-11, que es el camino que recorre los pirineos españoles de mar a mar, haríamos una interpretación bastante personal que nos llevaría a subir al Monte Perdido y al Aneto y a la que llamaríamos la RG-7, en honor al líder espiritual y físico de nuestro afamado club. Serían 7 días de ruta y 2 de desplazamientos, distribuidos de la siguiente manera.

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Ida: 20 de Julio Madrid- Torla - Bujaruelo
Día 1: 21 de Julio Bujaruelo – Refugio de Goriz (por la brecha de Roland)
Día 2: 22 de Julio Refugio de Goriz – Camping de Pineta (por el monte Perdido)
Día 3: 23 de Julio Camping de Pineta – Parzán (por el GR-11)
Día 4: 24 de Julio Parzán – Granjas de Viadós (por el GR-11)
Día 5: 25 de Julio Granjas de Viadós – Puente de San Jaime (Benasque) (por el GR-11)
Día 6: 26 de Julio Puente de San Jaime (Benasque) – Refugio de La Renclusa
Día 7: 27 de Julio Refugio de La Renclusa – Aneto – Refugio de la Renclusa
Vuelta: 28 de Julio Benasque – Torla – Madrid

Ruta seguida. En rojo, la ruta en sí; en azul, el trayecto de vuelta en coche

Como se ve, son más o menos tres partes: una primera por Ordesa y subiendo al Perdido, una intermedia de 3 etapas siguiendo el GR-11 del valle de Pineta al de Benasque, y una última de aproximación y subida al Aneto. Las etapas más duras serían la segunda y la séptima, pero en todas las etapas nos saldrían 1000 y pico metros de desnivel positivo y al menos 7 horas de ruta, así que no tendríamos demasiado descanso. 
Los alojamientos serían variados, intercalando campings, refugios y un par de hostales para descansar. Además los campings nos valdrían también como avituallamiento ya que suele haber supermercado en alguno de ellos (camping Pineta y camping Aneto en el Puente de San Jaime). Normalmente podíamos comprar pan en casi todos sitios (menos en Goriz y La Renclusa) asi que para comer tirábamos de bocadillos. 
Llevábamos los mapas de la editorial Prames para las etapas del GR-11 y los mapas de la editorial alpina para la zona del Aneto y el Monte Perdido. Nada de GPSs, a la antigua usanza. Tampoco bastones de trekking, que, aunque a veces si se echan de menos, la mayor parte del camino estamos seguros que nos sobrarían.

Alojamientos:

Día 0: Camping de Bujaruelo. Ojo que hay dos en el valle. Nosotros nos alojamos en el más alejado de Torla, que también es refugio. En una zona muy bonita, una gran explanada de hierba al lado del río. Restaurante con cenas hasta las 22:00 y desayuno de buffet como opción. Te venden pan si les sobre. Baños y duchas aceptables. Servicio de lavadoras.

Día 1: Explanada del refugio de Goriz. Refugio en obras y masificado. Parece un camping. Aún no durmiendo en él, te dan de cenar y desayunar abundantemente si lo pides y puedes usar las 2 duchas extremadamente precarias que hay (haciendo cola y con un chorrillo de agua fría, claro). Carete como todos los refugios de montaña.

Día 2: Camping Pineta. A 3 o 4 kilometros del refugio y a 7 u 8 de la pradera de Pineta. Muy bueno. Buena zona de acampada, bar-restaurante, supermercado, piscina, muy completo. Duchas y baños bien y no me fijé en si había lavadoras.

Día 3: Hostal Lafuen. Muy bien, aunque contando que llevábamos 3 días en tienda igual no soy muy objetivo. Al lado de la carretera que lleva al túnel de Bielsa. Con terracita, bar y restaurante donde se cena bien y se desayuna cojonudamente (el mejor desayuno de todos sin duda). Creo que fueron 75 euros dos personas con media pensión, que está bien. Cruzando la carretera hay un super bastante surtido.

Día 4: Refugio de Viadós: En un sitio excepcional, con una de las mejores vistas del Pirineo, con el Posets enfrente de ti. Cena muy rica y abundante, desayuno correcto. Habitaciones medianas sin separación entre camas. Un poco rumano que te cobren 2 euros por la ducha, pero al menos están decentes. Sólo dos baños para todo el refugio.

Día 5: Camping Aneto: Muy bueno. La zona de acampada es algo peor que la del de Pineta, pero el restaurante y el super son del estilo. Con piscina y lavadoras que nos vinieron de lujo. Baños y duchas numerosos y muy bien cuidados.

Día 6: Refugio de la Renclusa: Excepcional. Remodelado hace no mucho. Habitaciones confortables, limpias y espaciosas. Baños limpios y nuevos. Zonas comunes amplias. Cenas excelentes y copiosas y desayunos correctos. Simpatía del personal y alquiler de equipo. Un 10.

Día 7: Hotel Pilar (Benasque). Correcto. Estabamos derrotados y dormimos fetén. La tele era una basura y la entrada no es gran cosa pero vale para pasar la noche ya que está limpio y es funcional. Nos prepararon el desayuno a las 06:00, que es un detalle, y tenía buena pinta.


Como siempre uno de los principales quebraderos de cabeza fue el peso que acarrearíamos encima. Cabe la posibilidad de hacer la ruta entera durmiendo en refugios y hostales, pero nosotros no reservamos con tiempo y en Goriz no íbamos a tener sitio, por lo que desde un principio teníamos claro que llevaríamos la tienda con nosotros. Con la tienda, el saco y el aislante ya partíamos de un peso inicial importante y a esto le añadimos un pantalón corto y un largo, 4 camisetas, una segunda capa y un chubasquero/cortavientos, 4 mudas, unas sandalias/chanclas, unas botas de trekking, gorra, pañuelo y luego multitud de chorraditas imprescindibles tipo botiquín, aseo, navaja, cuaderno, libro, bolígrafo, móvil y cargador, cámara y cargador, cartera, brújula, mapas, frontal, cantimplora, comida (lata de sardinas y de magro de cerdo, frutos secos), pastillas potabilizadoras e isotónicas, un cojín hinchable y algo más que seguro se me olvida. Los crampones y el piolet, necesarios en esta época del año únicamente en el glaciar del Aneto, los alquilaríamos en La Renclusa, por lo que no fue necesario echarlos al equipaje.

De todo esto lo único que no usamos fue el libro, que con las revistas de los refugios y la charleta con la gente que te encuentras no te dan ganas ni de abrir. Eché de menos aguja e hilo para las ampollas y tiritas, que no eché al final por despiste asi como unos guantes finos para el glaciar del Aneto únicamente. Llevamos dos cámaras de fotos y al final solo usamos una, ya que la batería aguantó bastante y pudimos cargarla sin problemas en refugios, campings y hostales.

Otro rompecabezas interesante fueron los traslados desde y a Madrid o mejor dicho: como cojones íbamos a volver al punto donde dejamos el coche. Al ser una ruta lineal lo ideal sería tener dos coches, pero no era nuestro caso, asi que necesitábamos una manera de volver al punto de partida, que fue Torla. Las comunicaciones entre valles pirenaicos son malas, y peores aún un sábado, día que teníamos prevista la vuelta. Teníamos un autobús que nos bajaba de Benasque a Campo (eso si, a las 06:30 de la mañana) y otro que nos llevaba de Aínsa a Torla (a las 12:15), pero no había manera de ir de Campo a Aínsa. En un principio confíamos en que alguien nos recogiera haciendo autostop, pero teniendo como último recurso un taxi, que al final fue por lo que optamos tras una hora y pico de infructuoso esfuerzo autoestopista. 30 euros bien pagados a un taxista de Ainsa que nos solucionó el tramo más complicado de la vuelta.
Lamentablemente no contabamos con esta señorita como señuelo para el autostop, con lo que tuvimos que llamar a un taxi

domingo, 29 de abril de 2012

El Estepar


Integrantes: Jaimolas
Fechas: 21 de Abril del 2012
Sector: Sierra del Hoyo

Las ganas de patear el monte apretaban, pero mi habitual compañero de salidas tenía imposible acompañarme. Ante esa perspectiva, ¿Qué hacer? ¡Pues arrear solo! No acostumbro a ir solo al monte, pero esta zona la conozco muy bien y no presenta ninguna dificultad.

Como estoy bastante bajo de forma y eso no podía seguir así, me propuse hacer parte del camino corriendo, al menos la bajada y parte de la subida.

El destino era El Estepar, altura máxima de la Sierra del Hoyo, sierra que conozco desde crío pero en la cual no había llegado a su cima más importante. La sierra del Hoyo se encuentra enclavada entre los municipios de Hoyo de Manzanares y Moralzarzal y forma parte íntegramente del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. Pese a ello, gran parte de ella es terreno militar o fincas privadas, y por ello no resulta fácil encontrar senderos cómodos hacia sus cimas. Sin ir más lejos, toda la ladera sur que da a Hoyo de Manzanares, desde Los Picazos hacia el Este, es una finca particular que prohíbe el paso a los senderistas (tengo entendido que por motivos medioambientales, lo cual hace que no me parezca del todo mal, ya que las casas de Hoyo y Moralzarzal cada vez ejercen más presión sobre esta preciosa sierra.).

Primera parte de la ruta: Hasta la desviación hacia el mirador

Segunda parte de la ruta: desde la desviación hasta la cima


Así que, para evitar infringir las leyes, me dispuse a dar un rodeo y subir a El Estepar por el Norte, accediendo a la cuerda cimera por el camino del mirador de Peñaliendre. Para ello, tome la salida 33 de La Berzosa y me dirigí hacia el final de la urbanización donde se enfila la carretera hacia Hoyo y donde se ubican unos paneles informativos y unos cubos de basura y reciclaje. Me calcé mis zapatillas bajas de trekking del Decathlon (error grave, puesto que nunca había corrido con ellas) y metí en la mochila algo de abrigo, agua y como no, un mapa de la zona para identificar picos una vez arriba.

Tomé el camino que discurre hacia el Oeste, en continua bajada y que al principio bordea las últimas casas de La Berzosa. Tras pasar un edificio de transformadores y saltar un murete, continué corriendo entre jaras y encinas en busca del Arroyo de Peregrinos, que alcancé en unos 10 minutos desde el coche (corriendo). Todo el recorrido hasta el mirador es frecuentado por bicis, con lo que, principalmente en esta primera zona, que tiene menos visibilidad y es estrecha, hay que tener cuidado para evitar un atropello. El arroyo baja con poco agua, (que ya es algo para lo seco que ha sido este invierno) nada comparado con el año pasado, en el que te las veías y deseabas para cruzarlo sin mojarte, ya que bajaba hasta arriba pero es un sitio agradable por el bosque de ribera que lo flanquea, a pesar de estar un poco sucio.

Arroyo de Peregrinos
Tras atravesar el arroyo y avanzar por una pendiente fuerte, nos incorporamos al camino de Moralzarzal que discurre en dirección Norte, más ancho que el anterior y en constante subida. Se atraviesa una barrera para el paso de vehículos, hecha con unos bidones y una cadena y se deja una bifurcación a la derecha. Tras correr unos minutos más, mis piernas y pulmones dijeron basta ante la pendiente a la que no se le veía fin y continué andando. Tras unos minutos, y con un camino que empeora y se llena de piedras y surcos, dejamos a la izquierda una casa abandonada un tanto tétrica que nunca he sabido para que se usó en su momento. Alguna vez he pasado al final de la tarde por aquí y no da ningún buen rollo, os lo aseguro.

Casa de película de terror
Las jaras toman la vereda del camino hasta llegar a la segunda bifurcación grande, de donde sale el camino a la cascada de Peñaliendre, un destino muy interesante y más cercano (no me desvié y no sé como irían de agua, pero el año pasado estaban preciosas) muy frecuentado por senderistas de Hoyo. Tras la bifurcación, presidida por unos pinos que destacan entre tanta encina y jara, la pendiente se suaviza antes de llegar a la tercera bifurcación, la cual cogeremos y que nos lleva al mirador de Peñaliendre.

Paisaje durante la ruta
El camino se estrecha y se empina de nuevo y gira hacia el Noreste pero el paisaje se vuelve más agreste y salvaje, es una parte que me encanta, estás al ladito de la A-6 pero es una zona muy solitaria y escondida, y más en un día nublado y oscuro como el que elegí. Avanzando a buen ritmo entre las jaras, me encontré con unos ciclistas que empujaban sus bicis ellos mismos. He experimentado esta misma ruta en bici y esta parte es ciclable solo para bikers muy duros ya que la pendiente junto con las piedras y los surcos la hace realmente difícil. La senda sigue subiendo durante una media horita, atraviesa un par de arroyos hasta que, bajando a una vaguadita sale una trocha a la izquierda, que sube más duramente hacia la cuerda de la Sierra. Si continuásemos por el camino, llegaríamos al mirador de Peñaliendre (en 5 minutos) y, bajando hasta otro vallecillo, podríamos hacer la vuelta al origen de manera circular.

Pequeña trocha que sube hasta la cuerda
La trocha sube por el pequeño valle de montaña acompañada por algunos hitos (aunque no hay pérdida posible) mientras que la cima se va haciendo más y más accesible.

Momento en el que llegas a la cuerda
Tras unos minutos subiendo, alcanzamos una valla de piedra que cruzamos y un cartel metálico ilegible al que no haremos mucho caso ya que será la primera vez que podamos contemplar la sierra de Guadarrama, con la Pedriza, la sierra de los Porrones y la Maliciosa en primer plano (1 hora a buen ritmo y a veces corriendo). Es realmente una vista preciosa, y un gran momento este, en el que tras una dura subida, se puede admirar la hermana mayor de esta Sierra casi en su totalidad. Estamos ya en la divisoria y es fácil contemplar que la cara norte de la Sierra del Hoyo es casi por completo terreno militar. Se ve un campo de tiro muy cerquita de donde estamos, y se oyen disparos de vez en cuando que nos hacen mosquearnos un poco…

Vistas desde la cuerda: Pedriza
Vistas desde la cuerda: terrenos militares
Si nos dirigiésemos hacia la izquierda (hacia el Noroeste) llegaríamos al Canto Hastial y a Moralzarzal, pero cogemos la senda hacia la derecha (Sureste) desde donde, más o menos de manera llana, el camino discurre entre monte bajo y algún árbol hacia El Estepar y más allá. Al cabo de unos minutos, aparece a la derecha otra elevación con unas formas rocosas muy características, se trata de la Silla del Diablo, a la que subí echando las manos en algún paso y pinchándome con unas zarzas. Desde arriba se ve la cima del Estepar y uno de los valles que bajan hasta unirse con el arroyo de Peregrinos. Destrepé y continué la ruta que se hace muy llevadera por las magnificas vistas que quedan a la izquierda. A los 20 minutos de camino, se vislumbra por primera vez en todo el recorrido, la cima de El Estepar, coronada por un mojón del IGN y una cruz blanca, y a la que se accede por unas escaleras seminaturales de piedra.

Cruz de la cima
Desde arriba las vistas son fabulosas, tanto para el Norte como para el Sur, donde se vislumbran con claridad las 4 torres al fondo, el embalse del pardo y el pueblo de Hoyo a los pies de la Sierra. La sierra en su totalidad, desde El Escorial hasta La Morcuera y Tres Cantos hacia el Este. Al lado de la cruz hay una virgen y una placa que han colocado los vecinos de Hoyo y me quedé descansando unos minutos mientras que reponía fuerzas.

Vistas desde la cima: Pedriza y Manzanares

Vistas desde la cima: Embalse de El Pardo y Madrid

Vistas desde la cima: Hoyo de Manzanares
Sin embargo, empezó a chispear y tuve que emprender la bajada, intentando ir corriendo en la medida de los posible y repitiendo el camino de subida en sentido inverso.

Tras tres horitas y cuarto de excursión desde que salí, regresé al coche con un palizón encima considerable y dos preciosos regalos en forma de ampollas en los talones (mala elección de zapatillas…) pero feliz de haber salido al monte y haber llegado a una cima que he contemplado durante toda mi vida pero que nunca había alcanzado.

jueves, 15 de marzo de 2012

Senda del Batallón Alpino y Hermana Menor

Integrantes: Antoñito Alcántara, Jaimolas
Fechas: 4 de Marzo del 2012
Sector: Sierra de Guadarrama
 
Había que romper la ya demasiado larga sequía de subidas a la Sierra, así que el C.A.R.A. se reunió, habló y decidió subir a Cotos el día 4 de Marzo de 2012. Los dichosos exámenes nos habían impedido subir antes y había que aprovechar la nieve recién caída antes de que el previsible calor de Marzo la fundiera por completo. Lo malo es que esto mismo lo iban a pensar unos cuantos miles de madrileños y habría que madrugar. Los dominguers no suponían un problema ya que suelen subir mucho más tarde, pero los montañeros pros, grupo en el que por supuesto nos posicionamos, están dispuestos a levantarse a las horas del gato con tal de pillar nieve fresca y dura. Así pues, había que madrugar, eso estaba claro.

Las 7 en Manuel Becerra un sábado no parece una gran hora para empezar una actividad lúdica, y menos si la noche anterior has cenado fuera y tomado una mezcla de cerveza, chupitos de hierba y ginebra, pero las ganas apretaban y el madrugón se lleva mejor para subir a la sierra que para ir a currar. Con la nula preparación que nos acompaña normalmente nos pusimos en marcha sin agua, sin comida, con la esperanza de hacer acopio de ambos elementos en la tienda sherpa que es la Venta Marcelino.

Decir que nos jode bastante la masificación, con lo que pasábamos mucho de ir al circo de Peñalara, donde encontraríamos más gente que en la calle Preciados el 23 de Diciembre. Pocos días antes había investigado una ruta que mezclaba de manera idónea dos de mis grandes pasiones: la montaña y la historia. Y encontré la senda del batallón alpino.

Tras el estallido de la Guerra Civil española se instauraron numerosos frentes por todo el territorio español, debido al variado éxito y fracaso que obtuvieron los levantamientos en las distintas regiones. Castilla la Vieja cayó en manos de los nacionales, mientras que Madrid, que por entonces pertenecía a Castilla la Nueva, pudo resistir y mantuvo el mando republicano hasta casi el final de la guerra. La frontera entre ambos territorios se situó en el sitio más lógico, la Sierra de Guadarrama, y los puertos y las cumbres cobraron una gran importancia. En un primer momento, los republicanos se mantuvieron en los pueblos serranos y las cumbres y se formo el llamado Batallón Alpino, compuesto por esquiadores y lugareños de los pueblos de la zona, acostumbrados al frio y la nieve y conocedores de los parajes serranos. Uno de los mejores balcones de la Sierra lo compone Peña Cítores, atalaya avanzada sobre la entonces rebelde ciudad de Segovia y La Granja de San Ildefonso, y allí se instalaron trincheras y nidos de ametralladoras para mantener a raya al bando nacional. Las condiciones invernales en aquellos años debían ser terribles, en primer lugar porque nevaba más y en segundo porque no existían los gore-tech, polar-tech, mega – tech y demás mierdas que hoy en día nos cubren del frío. Supongo que lo suplirían con huevos y caldo de pollo, porque aquí se mantuvieron más o menos en condiciones hasta bien entrada la guerra. También he de decir que no fue un frente muy activo, y que el batallón alpino no tuvo que entrar mucho en combate. Por cierto, si alguien quiere leer algo sobre la guerra en esta zona, el libro “Por quién doblan las campanas” de Hemingway, describe muy bien la vida durante la guerra en esta zona.

Llegamos a Cotos un poco pasadas las 08:00 AM, para descubrir que nos habíamos pasado un poco de cagaprisas, porque no estaba lleno ni la mitad del parking. Ha nevado muy poco en el Guadarrama este año, lo cual ha hecho que Valdesquí esté hecho una mierda y que los esquiadores se queden en su casa o se desplacen a La Pinilla u otros sitios más alejados. Pese a todo, nos pusimos las botas y preparamos las mochilas en un ambientillo montañero muy chulo antes de dirigirnos a Venta Marcelino para darnos cuenta de que el cabronías no había abierto aún y de que no teníamos ni comida (más allá de una napolitana de chocolate) ni bebida. Afortunadamente en la parte trasera había unas máquinas de vending en la que compramos dos botellas de agua pequeñas como solución última. Sí, todo muy montañero.

La niebla invadía el bosque

 Con el sueño aún metido de lleno en los ojos y los músculos, emprendimos el camino hacia el chalet alpino, comprobando que había nevado unos 5-10 cm la noche pasada, y que el avance iba a ser dificultoso. A la derecha del Chalet salen unas escaleras que cogimos y que nos dejaron en el mirador de Lucio (si mal no recuerdo) desde donde se contempla Valdesquí, las Cabezas de Hierro y el puerto de Cotos. Una senda nace un poco más arriba y unos círculos amarillos iguales a los de la autopi…perdón, el camino Schmid nos marcan el camino. La niebla dominaba aún el puerto y la atmósfera era tétrica en el bosque de pinos aunque muy bonita. En leve subida la trocha atraviesa este bosque que no se si meter en Valsaín o en el pinar de los Belgas porque es justamente el istmo arbóreo que comunica los dos grandes pinares de la Sierra. Oyendo el repiqueteo de un pájaro carpintero y hundiendo las botas en la nieve fresca, el bosque dejó paso a los pastos, donde fuimos conscientes de que, o la niebla levantaba, o el día de hoy iba a ser bastante absurdo ya que no se veía ya a más de 10 metros.

El sol lucha por dejarse ver

La pendiente aumentaba y empecé a notar los efectos de la noche anterior, no me encontraba demasiado bien físicamente y Antoñito el vigoréxico me cogió unos metros de ventaja. El piorno lo invadía todo y si salías de la senda te hundías en ellos. Atravesamos algún cortafuegos con buena pendiente que, con nieve dura nos forzaría a calzarnos los crampones. Sin embargo, la nieve estaba muy blanda aún tan temprano. Paso a paso, llegamos a lo que pensábamos que era el collado entre Peña Cítores y la Hermana menor. Digo pensábamos porque lo único que notamos fue que la pendiente se acababa, porque ver, lo que se dice ver no veíamos mucho. Allí había mucha más nieve, y en ocasiones nos hundíamos por las rodillas o incluso más así que aprovechamos para hacer una de las cosas que más nos gusta hacer: el imbécil.
Pero tras avanzar 200 metros, la cosa dejó de hacer gracia. No sabíamos por donde seguir (nuestra idea era alcanzar el Chozo Arangüez, en la falda Norte de Peñalara) y el avance era muy difícil ya que cada paso que dábamos nos hundíamos en la nieve. Tampoco parecía buena idea subir a Peña Cítores sin saber siquiera donde estaba (si, vale, llevábamos brújula y mapa, pero no era plan). Un pequeño valle descendía en altura hacia quién sabe dónde y, ya que no teníamos mucho que hacer y no eran aún ni las 10 de la mañana, probamos a cogerlo. Mala idea. Se había acumulado aún más nieve y en ocasiones nos hundíamos hasta la cintura. Para más INRI, un arroyuelo discurría bajo el manto níveo y cuando metíamos la pata hasta el fondo, nos calábamos las botas. Era a la vez estúpido e incomodo, pero seguimos bajando un rato hasta que fuimos conscientes que aquello no tenía ni pizca de sentido, cuando decidimos desandar nuestros pasos por la pequeña vaguada.

La última cuesta antes del collado
Tras 20 minutos de tedioso esfuerzo y risas estúpidas, alcanzamos de nuevo la zona del collado y empezamos a oir unas voces que nos indicaban que no estábamos solos. La niebla seguía baja y tupida de modo que nos impedía ver donde estábamos y la gente que se acercaba. Anduvimos sin rumbo unos minutos entre la niebla, incapaces de encontrar nuestros propios pasos de subida en la nieve, hasta que se me ocurrió sacar el SportsTracker, que perfectamente nos ayudó a orientarnos y a recuperar nuestra huella de subida. Asumiendo el fracaso del día, enfilamos hacia el puerto pensando en que hacer el resto de la mañana. Sin embargo, cuando atravesábamos uno de los cortafuegos, aún cerca del collado de Peña Cítores, sorprendentemente el cielo abrió y pudimos ver por fin el sol y la ladera opuesta de la Loma del Noruego. Sin dudarlo un instante, deshicimos nuestros pasos para volver al collado, donde el cielo era ahora azul, la niebla se había disipado, y el camino a la Peña aparecía claro ante nuestros ojos. También veíamos al grupo de montañeros, que parecía estar haciendo una especie de curso. Giramos hacia el W en el collado para alcanzar en pocos metros una construcción circular de unos 20 metros de diámetro que bien podría ser los restos de un corral de pastores o algún resto de la misma guerra. Continuamos hacia la cima haciendo un poco de “piorning” y en unos minutos la alcanzamos.

Nieve blandita y en abundancia
Las nubes corrían a menor altura, atravesando el puerto de los Cotos y trasladándose del valle de Valsaín al alto Lozoya y dejando ver las cumbres de la cuerda larga y hasta el puerto de Navacerrada. El sol iluminaba y hacía brillar la nieve de las alturas, y los pinares de Valsaín semejaban un mar de vegetación en los valles. Realmente la vista desde Peña Cítores es una de las mejores de toda la sierra, y merece la pena subir hasta aquí únicamente por ella. Descansamos un rato disfrutando de la panorámica del valle e identificando las ya muy familiares montañas, dando gracias por estar tan cerca de un paraje así. Realmente la figura del Parque Nacional se entiende del todo desde sitios como este y parece más sangrante la limitación del mismo únicamente a las cumbres, cuando gran parte del ecosistema serrano son los bosques que tapizan los valles y laderas, y sin los que el Guadarrama no tiene sentido.

Vistas desde Peña Cítores
Dos hermanas
Un poco más abajo pueden verse la línea de trincheras, pero no íbamos demasiado bien de tiempo y pasamos de bajar, otro día tendremos oportunidad. Habíamos perdido mucho tiempo y si queríamos llegar a comer la visita al Chozo Arangüez debía de posponerse. Así ya tenemos otra excusa para subir al monte. Con la mirada exploramos la zona del collado, y optamos por subir a la hermana menor por una vaguada que discurre entre ambas hermanas. Estaba bien de nieve, y no era tan dura como la que nos había impedido avanzar antes (y menos mal, porque ahora, con visibilidad perfecta, vimos que el vallecillo por el que avanzamos unos metros nos bajaba hasta el bosque directos). Eso si, hacía un solazo espléndido, y, sin abrigos, nos tumbamos un rato en una pared de nieve de una altura considerable a tomar el sol y disfrutar del silencio, que reinaba en toda la zona. Tras unos minutos de relax, emprendimos la larga subida por la vaguada, sin usar los crampones ya que la nieve estaba muy bien y la pendiente no era fuerte. En lo alto pudimos ver a un sujeto haciendo Kite-sky, aunque no parecía muy entretenido, sinceramente.

El amigo del kite-ski

Alcanzamos la cuerda en unos minutos y cogimos el camino normal a Peñalara, saturado a estas horas de gente que subía, cada uno con su equipo: unos con crampones casi desde el puerto, otro con jersey de cuello de pico, camisa, gafas de sol fashion y chinos…en fin, lo que no se vea en estas montañas no se ve en ningún lado… Y ya al llegar al puerto el absoluto circo de los domingueros, algo que prefiero ni siquiera comentar. Ojalá cerraran los accesos en el Paular y Navacerrada Pueblo y pusiesen autobuses o algún transporte, porque la masificación y banalización de estos montes no ayuda nada a su conservación. El cabronías de Marcelino si que estaba abierto ahora, asi que nos tomamos un pincho y una caña y nos fuimos a disfrutar de una rica barbacoa no muy lejos de allí…pero eso es ya otra historia.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Pico del Nevero por las hoyas de Pinilla

Integrantes: Antoñito Alcántara, Jaimolas
Fechas: 11 de Marzo del 2012
Sector: Sierra de Guadarrama


Las altas temperaturas de estos días incitan a pasar el día fuera de casa. Por otro lado, amenazan con acabar con la poca nieve que aún acumulan las montañas de la sierra, que ya de por sí es muy poca para esta época del año. Con lo que animado por estos dos factores, el C.A.R.A se propuso hacer una salidita y ver si eramos capaces de romper con una tradición: la de madrugar a horas intempestivas y hacer rutas tan largas que luego te impiden moverte del sofá durante toda la tarde. Además, ese día había movilizaciones contra la reforma laboral, así que qué mejor que luchar contra el fascismo y el capital que en la cumbres, como nos gusta hacer a nosotros (ruego que esta última frase no se tome muy en serio, gracias queridos lectores).

Con estas premisas, la expedición salió a las 09:00 de la mañana de Manuel Becerra (si, 09:00 de la mañana no es madrugar para ir a la sierra). Oye, un poco dominguero si que es, pero también viene bien dormir una horillas de más antes de hacer una ruta. El destino era nuevo. Por una vez no nos dirigíamos por la A-6 o la carretera de Colmenar para dar con nuestras piernas en la Cuerda Larga, Peñalara o Siete Picos, sino que tomaríamos la A-1 con dirección al puerto de Navafría, para posteriormente subir al pico del Nevero, faro indiscutible de los Montes Carpetanos, que discurren entre Peñalara y el Puerto de Somosierra.

Con un grato cambio de modelito en Antoñito y un renovado A-4 perfectamente limpio por dentro y por fuera (poco duraría en ese estado), nos dirigimos hasta el pueblo del Lozoya en el valle del mismo nombre. Este amplio valle se encuentra entre los Montes Carpetanos y la línea formada por La Cuerda Larga y sierras de La Morcuera y La Cabrera, y supone una zona que no esperas encontrar en la masificada Comunidad de Madrid. Rodeado de altas montañas con gran cantidad de nieve durante muchos meses al año (este año es una excepción) y surcado por el río Lozoya que da de beber a gran parte de los madrileños, perteneció a Segovia durante gran parte de su historia, alberga numerosos pueblos con encanto y sin las hordas de turistas de los pueblos del valle del Guadarrama. Se tarda más en llegar a ellos (aproximadamente 1 hora) pero merece la pena la incursión para disfrutar del paisaje y la tranquilidad de esta comarca de montaña.

Vistas del Valle del Lozoya desde el mirador de Peñalacabra

Al llegar al pueblo de Lozoya, cogemos la desviación al puerto de Navafría, sin duda el más desconocido de los puertos que unen la provincia de Segovia con la de Madrid. Una serpenteante carretera abandona las últimas casas del pueblo para adentrarse en un robledal que tras unos kilómetros dejará paso a un tupido bosque de pinos. Dejando de lado un par de áreas recreativas perfectas para comer en los cálidos días de veranos por fin llegamos a la de Las Lagunillas, donde aparcamos el coche a eso de las 10:15 de la mañana.

Nos aplicamos una magdalena de desayuno, nos pusimos las botas, enchufamos el Sport-tracker que tan buenos resultados nos está dando y echamos a andar por una pista horizontal que sale al SW del parking que, tras unos pocos metros atraviesa una valla metálica. La pista discurre entre pinos, pero no nos dimos cuenta de que era demasiado horizontal e incluso de bajada hasta que fue demasiado tarde. Entretenidos con las esplendidas vistas del valle del Lozoya y los constantes arroyos que aún con esta sequía bajaban de las cumbres, únicamente nos planteamos que la senda no era la correcta cuando ya habíamos descendido unos cientos de metros. Tocaba subir campo a través por el cauce de un arroyo y ascendimos casi en línea recta hasta el mirador de Peña la Cabra guiándonos por su inconfundible barandilla metálica.

Sudando un poco la gota gorda y maldiciéndonos a nosotros mismos por complicar una ruta sencilla, por fín llegamos al mirador desde donde se contemplan unas magníficas vistas del embalse de Pinilla, el pueblo de Lozoya y las sierras de la Morcuera y Canencia. Tras unas fotos con una cámara Reflex de la época de la Guerra Civil, continuamos nuestra ruta, ahora en horizontal hacia el SW acercándonos hacia el circo de Pinilla. Tan solo nos acompañaba un montañero de avanzada edad que, viendo que nuestro ritmo era más alto nos dejó pasar justo antes de atravesar un nevero que aún se conservaba. Subimos entre rocas y arroyuelos hasta el circo del Nevero, donde las lagunillas aún estaban medio heladas. Este circo es un sitio realmente interesante, una especie de circo de Peñalara en miniatura, que puede servir como alternativa para los días en los que el puerto de Cotos se pone hasta arriba, que en estas fechas y con este tiempo son todos o casi todos. Nuestra idea, pese a llevar los crampones y piolets a la espalda era subir por la ruta normal, pero nos dimos cuenta de que aún había algún corredor apto para subir desde el circo y a ello nos pusimos.

Cualquier excusa es buena para ponerse los bártulos

La nieve estaba muy blanda y resbaladiza y, tras unos primeros metros de intentar subir sin crampones, nos los calzamos y reanudamos la ascensión con ellos puestos. Subiendo en zig-zag por la pronunciada pendiente había que ir con cuidado ya que la nieve, suelta y resbaladiza amenazaba con desprenderse a cada paso. Clavando los pinchos con mucha atención y ayudándonos con el piolet por el lado de la montaña llegamos a un punto donde se hizo aconsejable pasar a subir en perpendicular a la pendiente, clavando las puntas y ayudándonos con el piolet en modo pico (muy técnico ¿eh?). Por fin, tras algún momento de adrenalina al mirar hacia abajo, llegamos a la zona donde la pendiente se suavizaba y la nieve desaparecía, donde nos quitamos los bártulos y saludamos a otro grupo que se hallaba en la cima. Sólo espero que la Reflex de Ant siga funcionando y que las fotos salgan bien porque en ese caso voy a tener unas cuantas fotacas atestiguando mis aptitudes alpinas.

Había una hostieja fina, eso si.

Dimos buena cuenta del montadito de jamón serrano mientras disfrutábamos de las fantásticas vistas: La Cuerda larga, la Bola del Mundo, la mejor visión de Peñalara que hay desde la sierra, el valle, el embalse y al norte la meseta castellana con los picos de Urbión y la sierra de la demanda al fondo y los pinares de Navafría a nuestros pies.
La mejor vista de Peñalara se tiene desde aquí.
Tras acercarnos al vértice geodésico y hacer un poco el mongolo tal y como es tradición empezó a llegar algún grupo a la cima y cuando levantamos la vista, por el camino del puerto venía una auténtica manifestación. Asi que cogimos las cosas y nos encaminamos hacia el puerto por la vía directa, es decir, por toda la cuerda. Subía una barbaridad de gente, y Antoñito insistía en saludarlos a todos hasta que recapacitó y renunció a la premisa básica del C.A.R.A. de saludar por el monte a todo el mundo.

Los pinares de Navafría
Esta vía de subida es mucho más aburrida que la que cogimos nosotros, ves ambas zonas de la sierra, pero es un camino monótono con mas pendiente y mucho menos bonito. La parte final transcurre entre pinos, pero es un cortafuegos más que un camino, sin ninguna zeta que aplaque un poco la pronunciada pendiente. Acelerando el ritmo para pasar la tediosa bajada, llegamos pronto al puerto, que está flanqueado por bosques de pinos. Bajando un kilometrillo por la carretera volvimos al coche, en donde estábamos a las 13:15.

En resumen, una bonita ruta por una zona bastante desconocida del Guadarrama en donde, si no te encuentras con alguna excursión masiva como en nuestro caso, puedes olvidarte de la muchedumbre de Madrid. Los pinares del lado segoviano quedan por descubrir, pero prometen ser una gran ruta por ejemplo cuando el calor del verano apriete. Además creo que hay un área para hacer barbacoas y unas piscinas naturales, habrá que investigar…
El puerto donde acabó todo...